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17 de agosto de 2017

Documentos descentralizados de la CIA muestran lo que la agencia conoce sobre Marte

De acuerdo con este documento de la Agencia de Inteligencia Central desclasificado, la CIA empleó en 1984 un "telespectador remoto" psíquico para examinar un área de Marte, como era hace cerca de un millón de años. El hombre que realizaba el trabajo no sabía que las coordenadas suministradas estaban en el Planeta Rojo, pero él describió ver pirámides, naves espaciales y humanoides inusualmente altos luchando contra el colapso ambiental.
  • La mayoría de las veces, Marte. Desolado, polvoriento y seco, como si el dios de la guerra hubiera barrido su superficie en tiempos arcaicos, sacándolo de su paisaje una vez gloriosa y agotando sus recursos. Los seres humanos recientemente encontraron evidencia de ese pasado, pero sólo un puñado de instituciones que luchan por el control son egoístamente habilitadas para ese conocimiento.
  • Lo que habían visto en Marte hizo que el gobierno de Estados Unidos y otras potencias mundiales a cuestionar los orígenes de la humanidad, y durante esta batalla por el poder y el control, se utilizaron diversos métodos y trucos para romper el rompecabezas de Marte y utilizar este conocimiento Prohibido en su ventaja. 
  • Hay un montón de anomalías en Marte, Recordando una civilización ya próspera semejante a las conquistas de nuestra propia especie. Una vez que las primeras imágenes con la superficie polvorienta de Marciano fueron irradiadas hace casi cincuenta años, se sabía que existían vestigios de diseño inteligente. 
  • La región Cydona de la planeta rojo, tiene todo un complejo en el suelo. Una gran pirámide de cinco lados, una extraña estructura semejante a un rostro, denominada "rostro en Marte", otra formación llamada "torre de vigía" y otras estructuras que se asemejan a las pirámides son algunas de las anomalías detectadas en la superficie. 
  • Otras imágenes recibidas en los últimos años reveló más irregularidades de la superficie de Marte que se cree que han sido los antiguos asentamientos. La "ciudad Inca" en Marte causado una gran revolución en la comunidad científica en los años 70, y la evidencia reciente de un establecimiento colosal en el famoso cráter Hale confundido la mente de hoy en busca de respuestas. Una enorme pila de evidencias está apuntando a una impresión inteligente dejada en nuestro vecino ahora desolado por sus habitantes anteriores, y no hay casi ninguna divulgación de partidos oficiales. ¿Pero cómo ese secreto los beneficiaría de cualquier manera que usted pueda pedir? Y la respuesta es poder y monopolio de la información. El 8 de agosto de 2000, bajo la Ley de Libertad de Información (FOIA), con vistas a la desclasificación de archivos, en parte o en su totalidad, conteniendo conocimiento anteriormente no divulgado de interés público controlado por el gobierno de los Estados Unidos, un documento de la CIA curiosidad ha salido a la luz . Su objetivo inicial fue el de aprender más sobre el Planeta Rojo usando una técnica llamada "visualización remota"
  • La práctica de buscar impresiones sobre un blanco distante o invisible, supuestamente usando la percepción extrasensorial (ESP), también conocido como "sensación mental". Un visualizador remoto tiene la capacidad de proporcionar detalles sobre un objeto, ubicación, persona o evento oculto de la visión física y separado por períodos de tiempo. Los documentos descriminados de la CIA revelan que esta práctica ha recibido mucha atención por varios servicios inteligentes. Ellos usaron la visualización remota como una herramienta para recopilar información que, de otra forma, serían inaccesibles en relación a los medios empleados. Una financiación considerable entró en tales experimentos, y se concluyó que la visualización remota era suficientemente precisa para ser utilizada para el trabajo de campo. Prueba de ello es el documento desclasificado de la CIA de 9 de mayo, 1984: A pesar de que los físicos Russell Targ y Harold Puthoff, investigadores de la parapsicología en el Stanford Research Institute (SRI) que se acreditan en la promulgación del término "visión remota" para diferenciar De otro término relacionado de "clarividencia", fue Ingo Swann que primero hizo eso Habilidad conocida durante un experimento de 1971 realizado en la Sociedad Americana de Investigación Física en la ciudad de Nueva York. Ingo Swann se menciona en los documentos de la CIA como el más preciso de televidentes remotos y no es de extrañar que la CIA lo haya empleado para varias tareas que de otra forma serían imposibles de alcanzar. En su libro de 1998 titulado Penetración , Swann proporciona información detallada acerca de las tareas llevadas a cabo por la Agencia. En 1975, Swann fue encargado por un oficial de la CIA llamado Axelrod / Axel, para espiar en las bases secretas de la Luna ejecutadas por varias civilizaciones extraterrestres usando su habilidad. Estos hallazgos particulares son abiertamente discutidos en el quinto capítulo de su libro. Los resultados fueron satisfactorios para la CIA, que aún empleó a otros telespectadores remotos para aprender más sobre lugares fuera del planeta. Dadas las imágenes desconcertantes recibidas del Orbitador Viking en 1976 con la superficie de Marte, su foco inmediatamente fue en aquella dirección. El procedimiento inicial se detalla en la segunda página del documento CIA de 22 de mayo de 1984.

El cuerpo del documento de la CIA (página 3 a 9) es una transcripción de las respuestas ofrecidas por el visualizador remoto (referido como SUB) al inquiridor (referido como MON). 

SUB no tenía conocimiento de las ubicaciones de las coordenadas proporcionadas, pero sus respuestas eran extremadamente relevantes a medida que usted está a punto de ver. La región indicada por primera vez (40,89 grados norte / 9,55 grados oeste) fue de Cydonia, el lugar donde se identificaron numerosas estructuras que se asemejan a construcciones y monumentos terrenos. Aquí están las primeras impresiones de SUB durante la visualización remota del sitio.
Más adelante, el visor remoto se envía alrededor de un millón de años en el pasado, y se le pide que proporcione detalles sobre la población marciana que habita la región, si existe. Entonces ve humanoides muy altos y delgados, vestidos con ropa de seda. Todos estaban protegiendo de la tempestad devastadora del exterior y buscaban maneras de escapar de los acontecimientos implacables que estaban barriendo todo en la superficie de Marte. Para garantizar la supervivencia de sus especies, los marcianos consideraron migrar en otros lugares del Sistema Solar (hace más de 1 millón de años). Algunos tuvieron la suerte de hacerlo, mientras que otros todavía aguardaban a sus hermanos para traer la salvación. El visor remoto alcanza lo que parece ser una nave espacial que llevó a algunos marcianos lejos en tiempos remotos.



Este nuevo lugar podría ser considerado como Tierra? Escapando los marcianos atravesaron el espacio para llegar al planeta vecino más cercano para escapar de las desesperadas calamidades que drenaban la atmósfera y los recursos de Marte? Son las pirámides y otras ruinas en Marte, restos de esta antigua especie de humanoides gigantes? Vamos a explorar las posibilidades y descubrir.

Referencias;
Exopolitics.org
Visualización remota de la CIA desclasificada doc
Cia.gov
Matrixdisclosure.com

16 de agosto de 2017

UN VENEZOLANO, NO ES CUALQUIER VAINA


15 de agosto de 2017

LAS REDES SOCIALES Y LA EDUCACION SEXUAL


UNA HISTORIA FASCINANTE; No escuches su canción de trueno o yo conocí una vez en La Guaira a Caín y Abel


José Roberto Duque representa un fenómeno interesante en el horizonte de la literatura venezolana contemporánea. Autor de una obra poco conocida para la mayoría pero de notable calidad, su escritura se ubica mayoritariamente en ese sitio tantas veces visitado con resultados tan distintos, como lo puede ser lo marginal urbano, un lugar poblado de personajes a los que solemos temer en la cotidianidad pero que en la ficción pueden resultar memorables. Y en estas coordenadas se ubica No escuches su canción de trueno(Caracas: Comala, 2000). En esta novela, Duque se adscribe y recrea un imaginario eminentemente urbano, construyendo un discurso metaficcional que aborda la violencia, la ciudad y sus dinámicas sin necesidad de exagerar o maquillar lo cotidiano, observándolo no desde la lejanía y la incomprensión, ni de la glorificación idealizada: Duque logra en su novela una lírica del barrio.

Escrita en forma de epístola sin respuesta, la obra utiliza recursos de la ficción y del periodismo para construir la narración del boxeador Santiago Leiva, “El Trueno del Litoral”, como un personaje que representa un estamento social, su filosofía y su praxis de vida —impuestas, las más de las veces, desde los centros del poder— y resumiendo con ellas la estética de una época nacional.

Echando mano del viejo truco discursivo en que el autor asegura haber “encontrado” unos papeles contentivos de la historia de la cual tan sólo es el depositario, a lo sumo el ordenador, Duque recrea la órbita vital del “Trueno del Litoral”, sus victorias y tragedias, sus abusos y aciertos, retratando buena parte de la vida de altibajos que conlleva ser boxeador. Nacido en medio de la pobreza, su vida y sus circunstancias —lo que solemos llamar destino— lo coloca en la coyuntura de escoger entre el ascenso fugaz, la breve fama, y el sendero del esfuerzo y la disciplina. La psique del “Trueno” es simple, ingenua de cierta forma, y escoge la buena senda; pero su hermano, boxeador frustrado, lo conduce mediante una serie de constantes, intencionadas y desacertadas decisiones, a la más dolorosa de las derrotas: la derrota del hombre ante sí mismo. Así, “El trueno”, brutal estallido en los cuadriláteros, sonido furioso de los guantes estrellándose en los huesos de las caras que desfilaban ante él sobre el ring, hace mutis para siempre. La explosión precede al silencio y el vacío sucede a la furia: puede más la estridencia de las alabanzas y los malos consejos de su hermano que, presa de la tan humana envidia, insiste en torcerle a “El trueno” el camino.

Otro de los aciertos de esta novela es mantenerse apartado del panfleto y de la fría disección: a partir de conocimientos de primera mano, Duque actualiza el mito de Caín y Abel, universaliza el tema del barrio, de la ciudad, de la violencia y del ajuste de cuentas entre hermanos, sin necesidad de recurrir a alguno de los moldes literarios y políticos que parecen imperar en ese ente flexible y manoseado que lleva por nombre literatura nacional. Al menos en la actualidad, solemos caer en la ligereza de llamar literatura nacional a un cierto compendio de autores y obras que tienen como residencia y temática a una cierta Caracas, fragmentada en pequeños trozos de individualidad y egotismo, esa ciudad pensada y reducida a la violencia del asfalto y la comodidad de los condominios. Aún más allá: parte de nuestro más reciente canon literario se está conformando con autores cuya estética se percibe forzada, cuya temática es la de un exilio espontáneo y cuya residencia es el extranjero. Y es en este panorama que José Roberto Duque destaca como una voz particular, logrando en No escuches su canción de trueno una novela que respira por sí misma, autónoma y visible, un referente importante de nuestra narrativa contemporánea, tan sólido como un guantazo de izquierda directo al mentón.

SIGUE LA HISTORIA EN LA PESTAÑA (LdNovillo)

Jesús R. Rodríguez
Ilustración: “Faile”

¿SABIAS QUE...


14 de agosto de 2017

El poder del “no”…


Por izmatopia

“Tócame”, le dijo a modo de ronroneo mientras le clavaba las pupilas dilatadas. Frunció el seño al decirlo, a modo de queja. Estaba tan mojada que no podía más que quejarse. De repente sentía los latidos de su corazón en los pezones, entre las piernas…

Él sonrió con el brillo de quien recordó un detalle importante y se acercó a su cuello. Le pasó la lengua húmeda por detrás de la oreja y le mordisqueó el lóbulo.

“No”, le susurró y se alejó solo lo justo para ver el fuego en sus ojos.

Ella suspiró y abrió la boca para emitir una queja pero se le atoraron las ganas en la garganta. Musitó una súplica que él no pudo comprender en sonidos pero le que vio estremecer el cuerpo frágil y tembloroso. Entonces se supo en total y absoluto control y se dispuso a ser “malo”, cómo le había escuchado decir que le encantaba que fuera.

“Ves estos dedos?” Le dijo, haciendo movimientos sensuales que le evocaban a ella sensaciones en el medio de su humedad. “Estos dedos podrían estar dentro de tu boca ahora, porque me los quieres chupar, cierto?” No esperó respuesta. “Podrían estar bien mojados de tu saliva ahora mismo pero no te voy a tocar.”

Ella se apartó el pelo de la cara y del cuello. Su piel comenzaba a brillar con una capa tenue de sudor. Tragó en seco sin dejar de mirarlo a los ojos, expectante.

“También podrían estar ahí, bajo tu blusa, apretando ese pezón que puedo ver, duro, ahora mismo.”

Ella gimió suavemente, aferrándose al asiento.

“Podrían mis dedos apartar tu vestido suavemente y caminar por tus muslos, separarlos de un tirón y dejarlos entrar, uno… dos… tres dentro de tu sexo mojado, hasta ver la luz escapar de tus ojos.”

Ella se dejó caer contra su leche, sollozando bajito y dejó su propia mano hurgar entre sus piernas mientras él la abrazaba y le acariciaba el pelo.

“Mi niña no pudo aguantar más? Se va a tocar ella misma? Niña mala. Sabe que está desobediencia le va a costar caro. Mientras más se goce ahora, más tiempo le daré de castigo. Están ricos esos deditos en su clítoris, mi niña loca?” Le susurró, sin dejar de entrelazar los dedos en su melena suelta.

Ella asintió con sutiles interjecciones a cada pregunta sin dejar de mover sus nalgas en el asiento y sus dedos en su clítoris.

“Por qué se esconde, mi niña? Por qué esconde la carita en mi pecho? Le da vergüenza? Sabe que lo que está haciendo está prohibido.”

Comenzó a apretar la boca contra su pecho, mojando su camisa con saliva y acallando los gemidos.

“Niña hermosa, debe terminar ya. Démela ya. No puede hacer esto aquí. No puede hacer esto ahora, mi niña.”

Se abrazó más fuerte a su pecho y le mordió el pectoral, sin hacerle daño, pero lo suficientemente apretado para acallar un grito. Se estremeció varias veces. Él la abrazó con fuerza y la consoló al oído.

“Calma ya, niña mía. Todo está bien.”

Ella levantó la cara de su pecho, sus labios estaban rojos de sangre. Sus ojos llenos de lágrimas. Su frente sudada. Él le miró con ternura y le besó ambos ojos mientras la abrazaba por el cuello. Ella estaba inmóvil y se le había escapado la luz de los ojos.

– final alternativo 1 –

“Está bien mi niña?” Le preguntó, sin dejar de mirarla. Ella asintió con la cabeza. “Ok.” Dijo él y posó los ojos en el camarero que esperaba atento desde que le había hecho seña.

“Traiga un vaso de agua para la señorita, por favor.”

El camarero desapareció entre las mesas, mientras el murmullo intenso del restaurant lleno fluía alrededor de él y su niña satisfecha.

– final alternativo 2 –

Ella sacó la mano de entre sus piernas y le mostró los dedos rojos y viscosos a él antes de ponerlos en su propia boca. Los saboreó con detenimiento y al sacarlos estaban limpios de nuevo. Un poco de sangre había manchado la comisura de su boca. Él la besó con ansias, hasta dejarla limpia.

El camarero le ofreció una copa de vino.

“No, gracias. No quiero arruinar el sabor que me ha quedado en la boca.”

LA PRUEBA IRREFUTABLE; HACE 8 MILENIOS, LOS EXTRATERRESTRE SE CRUZARON GENETICAMENTE CON EL HOMBRE ANTIGUO

“En pleno desierto del Sahara se encuentra una de las muestras mas impresionantes del arte paleolítico mas de 15 mil grabados rupestres que sobreviven al paso del tiempo desde hace mas de 8 milenios, estas pinturas fueron dejadas ahí por desconocidos pueblos prehistoricos que a lo largo de varias generaciones habitaron esta inhospita región.”

Dioses del Tassili, Desierto del Sahara. Observar el detalle del traje y escafandra del dibujo en la esquina superior izquierda. Este dibujo se conoce como “El Gran Dios Marciano”. Abajo una figura con un ovoide (¿Nave?) detrás, que lleva casco y tiene un gran miembro se llev a 3 mujeres jóvenes. Una lleva a un niño en la espalda, símbolo de fertilidad. 

Madre (Figura Abajo) que da nacimiento a una nueva raza híbrida. Esta tablilla pre-maya, junto con las venus del Paleolítico, las venus de antes de nuestra era y las antiguas diosas madre, nos da una idea de cómo apareció el humano actual tras diversas hibridaciones, pues hubo otras razas humanas muy anteriores.


Terracotas de Ayia Irini, Chipre; representan a muy diversos tipos de seres; 700 a 500 A.C.


13 de agosto de 2017

¿ SABIAS QUE....


NUESTRO MUNDO EN LA ACTUALIDAD


EL VERDADERO FINAL DEL "NOVILLO PAIVA" - Capitulo 2-12


29 de julio de 1971, 4:30 de la madrugada; antiguo rancho de La Guaira. Yo soñaba desde hacía un rato con Adela, la muchacha a quien había sometido a la fuerza la noche anterior. En el sueño había algunos pequeños cambios con respecto a la verdadera situación: ella no era la mujercita patética de la realidad sino un maravilloso ejemplar hembra muy parecido a la actriz Lupita Ferrer. No estaba vestida con aquellas hilachas hediondas a trapo de cocina, sino con el vestido que Lupita había lucido en el capítulo anterior de la telenovela de moda, Esmeralda. Ella no estaba llorando ni clamando a gritos por su mamá –como en efecto– sino que se desvestía lentamente, se humedecía los labios y me desafiaba con aquellos ojazos que resplandecían incluso en el blanco y negro del televisor. El lugar del encuentro no era un baño clausurado de la escuela municipal, sino una habitación de ese hotel escalofriante que llaman Caracas Hilton, con su cama de agua incluida. Por último, no era ella la virgen de la partida: era yo quien estaba a punto de realizar mi estreno sexual.

Lupita-Adela se ubicó a medio metro de distancia y me tomó suavemente una mano. De pronto me dio dos golpes de feria en el hombro, me sacudió con fuerza por las costillas y a mí no me quedó más remedio que despertar. Quien me estaba estremeciendo era el viejo Santos, amanecido, mal afeitado y cayéndose de la borrachera pero emocionado como un niño porque aquel era un día especial, fuera de lo común. "Ya va a empezar la pelea", me gritó en el oído al ver que yo intentaba dormirme de nuevo para finiquitar mi asunto con la hembra del sueño, y entonces recordé que ese día uno de nuestros ídolos, el cumanés Alfredo Marcano, iba a pelear en Japón por el título mundial Ligero Júnior, a las cinco de la mañana hora de Venezuela.

Santos fue a la cocina a preparar dos plastas de café, una mezcla que según él debíamos tomar los hombres arrechos como nosotros: dos cucharadas grandes de café y una de azúcar disueltas en media taza de agua, la suficiente para convertir el preparado en un buche caliente y espeso como el petróleo. Nosotros masticábamos y chupábamos aquello hasta escupir una arena seca y descolorida, y en pocos minutos no había borrachera, sueño ni cansancio que se resistiera, pues el menjurje tenía la propiedad de dejarlo a uno bien despierto y hasta alegre.

Nadie en Venezuela se había atrevido a pronosticar un triunfo de Marcano sobre el campeón mundial, un japonés llamado Hiroshi Kobayashi que había defendido su título con éxito en seis ocasiones. Marcano, por su parte, venía de realizar una pelea aceptable contra el consagrado Ernesto Ñato Marcel, pero había perdido por puntos, de modo que ni el físico, ni la moral ni el escenario le favorecían. Esa madrugada, pues, nos sorprendió haciendo preparativos para ver por televisión un combate que muy probablemente iba a culminar con un fracaso del boxeo venezolano, algo resentido después de las caídas consecutivas del Morocho Hernández y de Betulio González, aunque prevalecía un buen ambiente por el campeonato conquistado cinco meses atrás por Vicente Paúl Rondón.

Fue preciso esperar hasta las seis de la mañana porque la transmisión no comenzó a la hora prevista. El viejo Santos parecía sereno, adormecido o en vías de dormirse, pero cuando Carlos Tovar Bracho anunció que estaban recibiendo la señal y sonó el himno nacional de Venezuela –algo distorsionado por la distancia que tuvo que viajar desde el culo del mundo hasta nuestro televisor– volvió a la vida y comenzó a caminar de un lado a otro con un frenesí de caníbal.

Los 38 minutos siguientes se me quedaron grabados en la memoria para siempre, tanto por los acontecimientos que vimos en el ring de Aomori, Japón, como por la actitud esquizofrénica del viejo Santos, allá en el rancho. Mientras en la pantalla los dos gladiadores protagonizaban una de las peleas titulares más salvajes y emocionantes en que se hubiera visto envuelto peleador venezolano alguno, Santos llevaba a cabo su propia pelea particular en la sala, lanzando unos alaridos de paraulata cada vez que Marcano conectaba una buena derecha y palideciendo y guardando un silencio fúnebre cuando el japonés se burlaba del poder de los nudillos del nuestro, y contragolpeaba con la fuerza que lo había llevado a convertirse en uno de los campeones más sólidos del momento.

El noveno round fue pavoroso. Kobayashi había recibido en su esquina instrucciones de acabar con aquella suerte de juego de ajedrez sin solución que, si bien parecía diezmar con mayor dramatismo y rapidez a Marcano, se estaba tornando demasiado larga para ambos. El japonés acató las instrucciones al pie de la letra y desde el primer segundo se adivinó su disposición de liquidar de una vez por todas a aquel maldito retador que le había aguantado más de la cuenta. No bien sonó la campana comenzó a castigar con una combinación de gancho de izquierda-recto de derecha que vulneró la defensa de Marcano con una facilidad preocupante. En un momento de ese asalto el réferi intervino para contarle ocho segundos de protección al venezolano aun sin haber caído éste a la lona, pues no parecía estar en condiciones de soportar y mucho menos de responder al sostenido ataque del rival. Un fugaz close up mostró la cara del venezolano convertida en una mueca deforme de la cual caían colgajos de saliva mezclada con sangre y sudor, pero cuando el árbitro le preguntó si deseaba continuar respondió que sí. Miles de televisores en Venezuela se apagaron de vergüenza en esos instantes, porque Marcano parecía un pedazo de alfeñique bamboleado a placer por el asiático, y el desenlace, según podía verse con toda claridad, iba a resultar grotesco y humillante, no sólo para el púgil sino también para el boxeo nacional. El japonés se acercó casi trotando y en las rayitas que eran sus ojos se le notaba el placer que iba a causarle rematar de una vez por todas al aparatoso latino a quien le había dado ese día por echárselas de difícil.

Kobayashi atacó con un gancho de izquierda y el cumanés logró esquivarlo por puro instinto, antes de tomar impulso hacia arriba. De pronto, con el mismo movimiento, y nadie sabe de dónde ni con qué ganas, sacó una derecha en upper que se encajó con un sonido compacto en la primera mandíbula que consiguió en el camino, y el japonés se derrumbó en el centro del ring como un muñeco de trapo. El grito de Santos tronó más alto que los anteriores –y él mismo se elevó por los aires en un salto prodigioso– pero no más alto que el coro de gritos que salieron disparados de los ranchos vecinos: no éramos los únicos madrugadores que estábamos padeciendo aquel combate terrible. El barrio se llenó de gritos de triunfo, jamás tantos imbéciles juntos celebraron con tanto ruido por una suposición, y la suposición de todos nosotros en ese momento era que el japonés no iba a poder levantarse por sus propios medios, debido al potente vergajazo que lo había tirado a la lona. Pero, ante la angustia general, lo logró, cuando el réferi llevaba la cuenta por siete. El asiático se movía como si su columna vertebral estuviera hecha de gelatina, pero, increíblemente, estaba de pie. Asquerosa, milagrosa, desesperadamente de pie ante los ojos de millones de aficionados japoneses y venezolanos.

Entonces se escucharon mil plegarias implorando que el árbitro mandara a detener allí las acciones, no fuera a ser que Kobayashi se recuperara y reiniciara el trabajo interrumpido en el cuerpo de Marcano, el cumanés que hacía pocos segundos parecía haberse encontrado un boleto de ida a la tumba pero que de repente tenía a la gloria cogida por la cintura. Quiso el avance del reloj que la campana sonara en ese preciso momento y todo quedara en unos miserables puntos a favor del venezolano, aquí no ha pasado nada y a comenzar todo de nuevo en el round 10, con ambos boxeadores destrozados, muertos en vida, y con un público maligno a más no poder como el público japonés pidiéndole a Kobayashi la cabeza, el hígado, las tripas, la mierda y la sangre de Alfredo Marcano.

En el minuto de descanso la estrategia se decidió en las esquinas respectivas, pero la cuestión del honor no podía decidirse sino en el corazón y en las bolas de ambos púgiles, exterminados ya físicamente. Si alguien necesitaba comprobar si de verdad el alma y la hombría pueden más que cualquier técnica depurada cuando se trata de resolver situaciones cruciales, eso que llaman la chiquitica, aquel era el momento de comprobarlo.

Sonó la campana. El venezolano salió al centro del cuadrilátero arrastrando los pies, con la visión casi nula debido a la hinchazón de los ojos y tan mermado en sus condiciones como el japonés. Pero cierta carga extra de municiones comenzó a burbujear en lo secreto de la sangre, cierta reserva construida en el aprendizaje sin maestro de la guapeza, esa cosa anterior al aprendizaje de los recursos técnicos en el gimnasio. Sólo teniendo en cuenta ese elemento invisible, que no se enseña ni se transmite, puede uno explicarse cómo en pocos segundos, después de haber sobrevivido a nueve rounds de candela y barbarie, pudo Alfredo Marcano derribar tres veces más al monarca universal de los Ligeros Júnior con una docena de golpes furiosos y desordenados. Venezuela pareció un enorme y múltiple viejo Santos, celebrando con mucho ruido y mucho orgullo desde la madrugada el nacimiento de otro campeón del mundo, apenas el tercero del boxeo venezolano.

Micaela apareció en la sala, desgreñada, con una cara de no haber dormido en varias noches y asustada porque en medio del escándalo recordó que tal día como ese, pero en 1967, un terremoto le había dado en la madre a Caracas y al litoral. Cuando verificó en la televisión el motivo del alboroto se limitó a decir: "¿Y esa es la cara del ganador? A ustedes sí les gusta esa porquería". Y Santos me estrechó la mano con fuerza para confirmarlo con un grito etílico: "Nos gusta, nos gusta que jode".

Esa misma mañana terminé de convencerme de que en mi porvenir estaba proyectada, esperándome, una pelea como esa, gloriosa y bestial, por el campeonato del mundo. Pobre gusano, incapaz de darle una revisión de control al mañana.

El 31 de enero de 1981, a eso de las 8:30 de la noche, nueve años y medio después de tanta gloria y tanto derroche de gallardía y emoción patriótica, un cabrón de florero, un rolitranco de inútil que respondía al nombre de Santiago Leiva, nuestro hermano menor, se disponía a insultar con su debut al boxeo profesional y a esa categoría tan llena de heroísmo como la Ligero Júnior. En todo lo ocurrido aquella madrugada de 1971 pensaba yo con mucha amargura, recostado de una pared en el rancho de Catia La Mar, mientras esperaba la transmisión del combate de Santiago por Venezolana de Televisión.
Micaela se había armado de sinceridad para confesarle que no iba a poder asistir en persona a una pelea de él, su menor hijo, porque ahora sí era verdad que los nervios podían fulminarla, pero le prometió seguir las incidencias del combate por la TV. "Total, yo nunca he visto a nadie de mi familia en esa pantalla y el orgullo va a ser grandísimo", razonó, y yo aproveché para decirle que tampoco podía ir porque debía acompañar a la vieja.

La situación en el rancho era en esencia la misma de hacía una década aunque con sus tremendos cambios, lo cual me hacía pensar también en la secuencia Adela-Lupita. El televisor de ahora era a color, lo cual por supuesto no era la diferencia más importante. Santos ya no estaba; en su lugar, unos quince vecinos y vecinas, que hacía un mes ni saludaban al pasar, de pronto querían mucho a Micaela porque su hijo iba a salir en la TV y se dignaron llevar al rancho comida y unas cuantas cervezas, obsequios que al parecer los hacían sentir importantes y llenos de derechos pues ocupaban los muebles y sillas y estremecían la sala con sus comentarios idiotas, casi todos para opinar que Santiago iba a ganar por nocaut porque ese muchacho era muy fuerte y muy sano y muy aplicado y todo lo demás, mientras preparaban a Micaela porque esa noche le salía celebración.

Por mi parte, yo dudaba que las pesas y el entrenamiento le hubieran dejado al Santiago algo más que un montón de músculos y una pegada regular, pero no dije nada porque no estaba de humor para ponerme a rebatir estupideces. Allí en el ring, Santiago tendría que fajarse con un tipo más grande, más pesado y, sin duda, mejor preparado que todos los curracos que había enfrentado hasta entonces. Como no había nada que hacer mientras llegaba el momento en que al Santiago y a mi vieja Micaela los iban a despertar de su sueño con una estremecida de las feas, simplemente me dediqué a esperar frente al televisor.

A las 8:30 en punto, una voz dijo "Promociones internacionales Rafito Cardona y Venezolana de Televisión presentan, a nombre de", mencionó un puñado de anunciantes y después tronó: "Boxeo profesional". Un boxeo que, por cierto, ya venía en decadencia y esto se veía con mucha claridad en el paisaje. Pero semanalmente, sin falta, el canal 8 transmitía aquellas jornadas desde la plaza de toros del Nuevo Circo –meses más tarde se realizarían en el Poliedrito, y luego en el Poliedro de Caracas.

En las semanas anteriores a este programa del debut de Santiago se habían producido dos descalabros terribles, dos derrotas de aspirantes a ídolos del boxeo venezolano. El 17 de enero, en Boston, Fulgencio Obelmejías –un barloventeño inmenso, todo un caballo de 160 libras– perdió su invicto frente al único peleador de verdad que había enfrentado en su vida, el campeón mundial de los Medianos, Marvin Hagler, quien lo destrozó en el octavo round. Y el 24, Rafael Oronó entregó su corona mundial de los Super Moscas ante el surcoreano Chul Ho Kim. Sorprendió y dolió esa derrota, pues el muchacho había ganado ese título en una pelea memorable. Se había fracturado la mano derecha en el segundo round y estuvo los trece asaltos siguientes golpeando a su contrincante, un pedazo de coreano anónimo, con la mano izquierda, con lo cual obtuvo un triunfo más o menos épico. Tanto esfuerzo para venir a perder de manera ridícula pocos meses después frente a Ho Kim, otro boxeador coreano de tercera. Oronó lo había estado dominando a placer por espacio de nueve rounds, cuando de pronto un izquierdazo se le metió hasta el codo en pleno hígado y el moreno no pudo levantarse en toda la noche. Ocurrió en la plaza de toros de San Cristóbal. Así que no había mucho ánimo entre los aficionados al boxeo, después de ese par de bochornos.

Y ahora venía lo de Santiago. Sí, señor, es oficial: el boxeo estaba en decadencia.

Los invitados de mamá Micaela guardaron silencio, por fin, cuando un súbito salto de la transmisión equivocó la onda y se fue directo a un capítulo de la serie National Geographic. La cámara enfocó una especie de danta que chapaleaba en una jaula y se revolvía como con problemas para incorporarse, luego trepó por las paredes y volvió a caerse porque olvidó sacar una de las patas de una cuerda ubicada en la parte inferior, mientras otro ejemplar de su misma especie permanecía a su lado y lo observaba con una mezcla de sorna e indignación. Como nadie en la sala ni en la televisión se atrevía a decir la verdad acerca de lo que estaba ocurriendo en la pantalla, yo lo solté con todo el desparpajo, como parecía corresponder al nefasto acontecimiento: "Mire a su hijo, Micaela, lo están coñaceando".

La frase fue como un conjuro, una oración de esas que tienen la propiedad de sacarle los malos espíritus a la gente. Todo el mundo de dio cuenta entonces de que el programa de la National Geographic no era en realidad el programa de la National Geographic, el narrador que estábamos escuchando no era el gallego que suele traducir del inglés la descripción de los hábitos de los animales sino el muy conocido locutor Antonio Madrigal, y aquel engendro de aspecto lamentable que chapoteaba en el piso no era una especie en extinción de Nueva Zelanda sino el joven boxeador profesional Santiago Leiva, quien a las primeras de cambio había sufrido un resbalón y sus piernas no encontraban la fortaleza ni la plataforma para levantar con buenos auspicios al resto del cuerpo. El árbitro le secó los guantes, lo llamó a combatir y entonces comenzó una mala danza folklórica. El rival de Santiago era un tal Eduardo Briñoles a quien presentaban como un prospectazo llamado a escalar posiciones en muy poco tiempo. Si por rivales le iban a poner siempre a sujetos como nuestro hermano, pensé yo entonces, con toda seguridad íbamos a tener no a un boxeador, sino a un alpinista escalando tan alto como el monte Everest, a fuerza de tanto masacrar esa clase de lagartos sin sangre en las venas.

Los dos primeros rounds –en una pelea pautada a cuatro– transcurrieron con la misma tónica, un par de galápagos dándose unos dulces manotazos incapaces de lastimar a una anciana, mientras los pocos aficionados presentes en el Nuevo Circo bostezaban hasta las lágrimas. El rancho, entretanto, parecía la sala de emergencias de un hospital debido a los gritos, y Micaela estaba por desollarse a mordiscos los dedos cuando ya no le quedaron uñas por devorar. En el tercer asalto, una de las cordiales bofetadas del Briñoles le rozó una ceja a Santiago y éste arrugó la cara como si le hubieran dado con un martillo. Sin embargo, el poco oficio del otro le hizo más fácil la vida y la tercera vuelta culminó sin novedades.

En la puntuación de los jueces con toda seguridad Santiago iba perdiendo, pero el descalabro no se veía tan aplastante como para dejarme satisfecho. Comencé a rogar con todas mis fuerzas por que el bailarín o pianista Briñoles tuviera un momento de iluminación y diera el golpe decisivo para liquidar aquella farsa por nocaut. Mis oraciones fueron escuchadas, sí, porque hubo un golpe sorpresivo y tremendo cuando faltaban unos quince segundos para finalizar la pelea, pero el golpe no lo dio quien debía darlo sino Santiago: Briñoles recibió aquella derecha en forma de recto en el centro del rostro y cayó de espaldas en la lona, pero se levantó en el acto con una expresión asombrada, como si de pronto le hubieran contado que él era boxeador y estaba peleando contra un saco de cebollas puesto allí para ayudarlo a escalar posiciones, y se suponía que debía ganarle muy fácilmente.

La explosión de gritos en el rancho se multiplicó por diez millones y aumentó un poco más cuando, unos segundos más tarde, sonó la campana final y cada peleador se fue a su esquina. La puntuación de las tarjetas, anunciada momentos después, fue de 38-37 a favor de Santiago por parte de dos jueces, y un tercero votó empate 38-38. El triunfo le correspondió al hermano, nada se podía hacer, y allí estaba Micaela llorando otra vez de la emoción, como si acabara de presenciar la resurrección del Crucificado.
Por enésima ocasión no tuve hígado para estropearle la fiesta, me reservé los comentarios y dejé la celebración prendida para ir a acostarme. Me dormí tan profundamente que ni me enteré del regreso de Santiago ni del curso de la fiesta.

Al día siguiente el flamante boxeador profesional me despertó para dos cuestiones. La primera, regalarme una entrada para verlo pelear en persona tres semanas después. En medio de la euforia de su triunfo se había acordado de su hermano el parásito, así que yo podría, después de tantos años, ver un programa de boxeo desde las tribunas, pues para protagonizarla en el ring estaba incapacitado. Acepté el obsequio pero, por supuesto, no iba a ir a verlo. La segunda razón era que deseaba pedirme mi opinión respecto a su pelea de anoche, y se la di. No se puede ser mezquino con los hermanitos menores.

–Cómo la viste.
–Qué cosa.
–La pelea.
–Aburrida. Muy mala. La gran cagada, hermano.
–Pero ¿no viste esa conexión, ese derechazo?
–Sí. Me extrañó mucho que no le hubieras dado diez más. Ese tipo con que peleaste ayer era un pendejo, cualquiera lo hubiera noqueado en menos de un minuto. A ti te duró cuatro rounds.
–¿Cómo me vi en la televisión?
–Mal. Pero no te mortifiques, por ahí anda Micaela muy contenta.

Micaela alcanzó a oír la conversación y se metió en mi cuarto después que Santiago se hubo ido. Por supuesto, me reprochó aquella forma de tratar al muchacho. Sin embargo, tuvo la honestidad de confesarme algo que debió haberla atormentado durante toda la noche, porque me lo dijo con una cara de preocupación de esas que sólo pueden poner las madres afligidas: "No me gusta que le hables así, pero sinceramente yo también lo vi muy mal. Tú deberías aconsejarlo". Le dije que eso era exactamente lo que yo había hecho durante los últimos meses, y ella lo había tomado como una ofensa.

–No estoy diciendo que lo aconsejes para que se retire –me aclaró la vieja–. Quiero decir, sería muy bonito si tú lo enseñaras a moverse mejor, a tirar los golpes, no sé. Cuando tú peleabas por lo menos se entendía lo que estabas haciendo.

–Hay un entrenador que está cobrando una bola de billetes por enseñarle a pelear a Santiago –le respondí, fastidiado–. Y además tiene sus dos brazos sanos y completos; no me jodas, Micaela.

Mucho de su ritmo habitual recuperó la vida en la casa en los días siguientes, aunque se notaban algunos cambios. Mamá Micaela no podía levantarse a las diez de la mañana como de costumbre sino a las seis, porque Santiago se despertaba a esa hora para salir a trotar. Micaela le daba una taza de café y se quedaba preparándole un proyecto de desayuno que él devoraba dos horas más tarde, cuando regresaba. Las ganas con que Santiago se comía aquello, moviendo todos los músculos para masticar y gruñendo elogios como si se tratara de un banquete de reyes, me producían algo parecido al asco. Pero no, él no lo hacía para disimular ni por consideración hacia Micaela, como yo sospechaba. Santiago se embutía con aquellas combinaciones fantásticas –espaguetis con lentejas, huevos fritos con mayonesa, plátanos maduros con diablitos, jamón con sardinas– por una razón más elemental: le gustaba aquella comida, incluso parecía agradecerle las recetas a su madre –no con hipocresía sino con el corazón– porque sencillamente tenía un mal gusto de antología.

Mi opinión respecto a su gusto fatal se confirmó pocos días antes de su segundo combate. Una tarde apareció por el rancho tomado de la mano con una negra raquítica y desteñida que, con un hilo de voz, moduló la palabra "Carmencita" cuando Micaela le preguntó el nombre. Mi mente enferma la bautizó enseguida como Etiopía. Esto casi me reivindicó con la vida, porque después me enteré del sobrenombre que los muchachos del barrio, con su mente muy limpia, le habían puesto: Mojón de Momia. No, Etiopía estaba bien. Tampoco era para martirizar a la mujercita con semejante apodo.

Mojondemomia fue al rancho de mamá Micaela el sábado 21 de febrero, fecha del segundo encuentro profesional de Santiago. Otra vez el Nuevo Circo recibió a un puñado de fanáticos que pagaron su entrada para ver a los campeones del futuro –mentira infame de Cardona para venderle al público ignorante sus caricaturas de boxeadores– y nuevamente el rancho se llenó de ruidosos admiradores del hijo de Micaela. Una vez más permanecí de pie junto a la pared del fondo para ver a Santiago cumplir con su trabajo.

Guardaba su interés para mí aquella pelea, no tanto por lo que hiciera o dejara de hacer nuestro hermano sobre el ring, sino porque la empresa le había prometido incluirlo en la cartelera de la semana siguiente si ganaba ese combate sin agotarse demasiado. El motivo no era que quisieran ayudarlo a ascender en poco tiempo, sino que Santiago había contraído una serie de deudas con la empresa para comprar a crédito algunos artefactos y darle aspecto habitable a nuestra barraca del litoral, y las deudas, ya se sabe, son para pagarlas. Había que verlo. El tipo tenía fuera del ensogado unas responsabilidades que debía comenzar a enfrentar dentro de él, y esa situación iba a atacarle de frente los nervios, sin duda alguna. Había que ver si podía soportar el acoso de tantos rivales al mismo tiempo: el miedo, los apuros monetarios, el ojo atento de la empresa de Rafito Cardona, los puños y la destreza del otro gladiador. En fin, el tremendo rival que es la vida de un pugilista.

Una fanfarria anunció el inicio de la transmisión de la cartelera boxística, la voz del pelotero Antonio Armas pronunció en un comercial una parrafada incomprensible: Acumacumán –traducido al castellano, "Algo más que un Banco", eslogan del Banco de los trabajadores de Venezuela–, y enseguida la imagen del ring ubicado en la arena del Nuevo Circo. "Señoras y señores, muy buenas noches", y la figura de un boxeador de nombre Orlando Orozco –récord de dos peleas, una ganada y un empate– dando pequeños saltos de calentamiento mientras le colocaban los guantes en su esquina. En el otro ángulo, el espanto produciendo muecas en la cara sudada de Santiago Leiva. Estaba por comenzar la primera pelea de la noche.

En el rancho, los aplausos de los vecinos y la angustia de Micaela crecían al mismo ritmo. En cuanto a Mojondemomia, se encontraba muy distraída intentando sacar de una botella los restos de una pepsi cola congelada, de modo que la pelea comenzó sin que esta pobre criatura se diera cuenta del histórico momento: su papito lindo estaba en la TV, disparado por la atmósfera rumbo a miles de antenas en todo el país, y ya el tal Orozco le había lanzado los dos primeros ganchos de izquierda y derecha como ensoberbecido por la campana inicial del encuentro.

Santiago esquivó el ataque con un brusco desplazamiento hacia atrás, y hubiera seguido corriendo en eterna huida de no ser porque a pocos pasos de él había unas cuerdas que le impedían volar a esconderse bajo una roca en las planicies de Australia. El golpe siguiente de Orozco –muchacho fogoso y valiente, pero demasiado novato– fue una izquierda que hizo diana en las costillas de Santiago. Este dobló la cintura, pero cuando el otro se le vino encima le fue fácil agarrarlo por el tronco para impedirle mayores libertades.

Dos o tres veces más se amarraron aquellos señores en aparatoso clinch –un clinch, Carlos, es la acción de abrazarse al rival para evitar sus golpes; ¿ves qué fácil es el boxeo? ¿Conoces otro oficio tan sencillo?– sin haber logrado colocar un golpe más o menos regular, pero en la casa el griterío era tal que aquella pobre gente parecía estar viendo en acción a los mejores boxeadores del planeta. En cuanto al árbitro de la pelea, sudaba piedras para separar a aquellos esperpentos sin más motor que el instinto y sin más motivación que la desesperación por no caerse a la lona. El narrador del combate se limitaba a referir situaciones más importantes y entretenidas, como la parrilla a la cual había asistido por invitación de un amigo, los quince años de una ahijada, el bingo organizado por el comité de damas de Santa Mónica, el estado de la ciudad después de las últimas lluvias.

Así marchaban los pesados minutos en aquella refriega, cuando Santiago aprovechó un descuido de su oponente para colarle una izquierda por encima del hombro. Para mi decepción, aquel caramelo marca Orozco trastabilló como si hubiera sido alcanzado por una bomba y puso una rodilla en tierra. Mientras mamá Micaela elevaba una plegaria, los vecinos explotaban de júbilo y Mojondemomia daba señales de vida con una risa llena de dientes devastados, el réferi contó hasta cinco, Orozco se levantó sin problemas y en seguida sonó la campana decretando el final del primer round.

Durante el minuto de descanso de los boxeadores Micaela volvió a llorar de la emoción, los vecinos aseguraban estar en presencia del boxeador más maravilloso después de Sugar Ray Robinson y yo intentaba distraer mi dolor de tripas prestándole atención al comercial en que el pelotero balbuceaba la frase: Acumacumán. La tortura que significaba el soportar a todos aquellos estúpidos –quienes además me miraban de reojo, esperando quizá que yo caminara por las paredes de felicidad por tener un hermano tan insigne– acabó pronto, por fortuna.

Apenas sonó la campana para el segundo asalto, Santiago salió al frente con una decisión inusitada, atacó con un gancho –defectuoso– de izquierda que se perdió en un enredo de brazos, pero con el mismo impulso disparó un recto de derecha que fue a encajarse en la cara del Orozco, que esta vez no pudo conservar la verticalidad y cayó debajo de las cuerdas con estrépito. El árbitro contó hasta ocho y, cuando el caído pudo levantarse, estaba en tan malas condiciones que ni siquiera respondió a la pregunta de rigor: "¿Puedes seguir?". En consecuencia, Santiago Leiva se anotó su segundo triunfo como profesional y dejó abierta la posibilidad de un nuevo encuentro para la semana siguiente, promesa que Cardona y los suyos cumplieron con celeridad.

El 28 de febrero, pues, la escena en el rancho y en la TV se repitió con insoportable precisión: Micaela contenta y hecha un mar de mocos cuando su hijo apareció en la pantalla, los vecinos –casi los mismos de las otras veces, aunque ahora se sumaron unos señores recién aparecidos– eufóricos y prodigándole a Santiago y a Micaela unas adulaciones colosales. Mojondemomia enterrada de cuerpo entero en el sofá y susurrando de cuando en cuando "Ay, qué bueno" –el comentario más entusiasmado que era capaz de producir su energía de sifilítica–, y yo esperando con indignación al hombre capaz de encender los motores de la realidad ante tanta farsa, mientras me distraía saboreando el Acumacumán de Antonio Armas en la propaganda.

Aquella pelea –la tercera de Santiago– prometía, de verdad. El nuevo oponente de nuestro hermano era un sujeto de apellido Rojas cuya única presentación había culminado con un feroz nocaut en el tercer round a David Siso, un prospecto que había mostrado sus buenas condiciones en combates previos. Este Rojas tenía suficiente fuerza para desbaratar a cuanto escollo se le presentara en su incipiente carrera, sobre todo porque su mano derecha parecía estar cargada con electricidad, según había quedado claro en su pleito de estreno en el profesional. Iba a ser un momento interesante, pues, cuando al Santiago le tocara asimilar la contundencia de un golpe bien conectado por un joven con poder.

El momento llegó y se esfumó con enorme velocidad. El eco de la campana todavía reverberaba en el ambiente cuando de súbito apareció Santiago a medio metro de distancia del tremendo prospecto que era Rojas y le encajó un upper en la mandíbula. Un upper que todavía, más de quince años después, debe dolerle al masticar. El réferi ni siquiera se molestó en contarle los diez segundos reglamentarios, porque apenas sonó la trompada y el muchacho cayó en la lona las tribunas rezaron un "¡Coño!" asombrado, y tanto el entrenador como los seconds subieron al ring para recoger a su marioneta fulminada: tercera victoria para Santiago, sin derrotas, con dos nocauts a favor.

Aquella noche, como cosa rara, los invitados apenas gritaron un poco, felicitaron a Micaela y comenzaron a partir uno a uno y en silencio, sin esperar la llegada del campeón, hasta que al final sólo quedaron unas viejas amigas de Micaela y la Mojondemomia. Puede entenderse. A medida que la magia del sujeto-protagonista de televisión se iba disipando ante la verdad del sujeto cotidiano y de carne y hueso, se disipaban también las ganas de celebrarle tantas veces seguidas sus dudosos laureles. Más de uno de los asistentes a las peleas y a la celebración posterior parecía además conocer algo del boxeo de verdad, por lo cual la supuesta gloria de Santiago no debía haberlos impresionado mucho. Por otra parte, aunque el rancho de nosotros no era todavía el peor de la zona, a los vecinos les estaba comenzando a fastidiar esa rutina del tipo famoso a quien no le alcanzaba para pagar ni una sola de las cervezas que se consumían en su honor. Era como demasiado, eso de gastarse los pocos centavos en casa de un señor que al llegar lo único que repartía era sonrisas y muchas gracias, vainas que uno le puede aguantar a una reina de belleza pero nunca a un negro más feo que el hambre, por lo menos no antes que demuestre ser capaz siquiera de mudarse de un nido de gorilas como aquél y de comenzar a vivir con un poco de dignidad.

Esa última victoria tuvo la particularidad de ayudarme a cambiar de actitud –actitud aparente, se entiende– hacia Santiago. No es que de pronto le reconociera alguna virtud, pero las circunstancias, los vuelos de la mente, algo relacionado con la supervivencia y con la necesidad de aliviar a cierta bestia interior, me hicieron reflexionar mejor sobre determinados puntos: ¿no era preferible permanecer cerca, muy cerca de Santiago, de su carrera profesional, en lugar de mantenerme al margen, siempre rabiando y estableciendo una distancia entre yo y el muchacho? Cada vez lo veía más claro. Si el animal que me estaba creciendo en el pecho estaba interesado en salirse con las suyas, las oportunidades para darle rienda se iban a presentar más seguido si me mantenía lo más involucrado posible con la carrera y la vida de Santiago. Después de analizar esto, aquella noche de la pelea con Rojas fui a recibirlo aprovechando que la mayoría de los vecinos se habían marchado, esperé a que Micaela y Mojondemomia lo abrazaran y me acerqué para decirle unas palabras que me dejaron al salir una estela caliente desde el estómago hasta la boca.

–Muy bueno, ahora sí aprendiste a lanzar esa derecha.
Y le estreché la mano con fuerza, con la misma sonrisa que debía tener Judas cuando fue a darle el beso a Jesucristo.

La reacción de Micaela fue otra sesión de llanto. Sus retoños se estaban saludando al fin con afecto, qué lindo, qué acontecimiento. Y no sólo me quedé en ese gesto, sino que estuve varias horas de la noche conversando con él sobre algunos detalles tácticos.

Le dije, por ejemplo, que a pesar de su estilo arrollador y su pegada fulminante, y a pesar de que su tamaño no le iba a permitir pelear de una manera muy distinta a la actual, era importante aprender a utilizar el jab de izquierda para abrirle camino a la derecha, a golpear en los primeros rounds en la zona media del cuerpo para minar la resistencia del otro antes de lanzarse al remate. Y lo más importante: a esquivar los golpes con un movimiento de cintura, el weaving, y no con esos saltos de energúmeno que lo dejaban siempre mal parado y en una posición muy vulnerable. Santiago escuchó mis consejos y explicaciones con mucha atención, y yo hubiera creído que su interés era real y sincero si no hubiera descubierto la sombra de Micaela, nítida en la pared: la vieja, parada a mis espaldas, le pedía con señas a Santiago que se dejara aconsejar, que me diera la razón y me agradeciera la enseñanza. Esto no me desanimó, por el contrario: aquella lástima que me tenían iba a ser el instrumento a explotar para ganarme su confianza. En una pausa de la conversación se lo solté, casi sin pensarlo: "Me gustaría estar en el gimnasio contigo, trabajar para ti. Tú sabes, como ayudante, como second en las peleas, para hacerte algunas observaciones".

Pobrecito él, no pudo negarse. Su buen corazón y las súplicas de mamá Micaela lo obligaron a decidirlo en el acto: debía complacer al hermano lisiado, no se fuera a ofender o a sentirse más inútil de la cuenta. Así que días después regresé al gimnasio de La Guaira, ante la sorpresa del entrenador Jacinto Vergara y de todo caminante que me conociera, pero no para calzarme otra vez los guantes –no faltaba más– sino para enseñarle algunos secretos, atajos y trucos del oficio a mi hermanazo del alma, el novel Santiago Leiva.

Y a sangrar, corazones. Acababa de sonar la hora de la trampa y el puñal.

CONTINUA; CAPITULO 3-12

10 de agosto de 2017

GIGANTES FOTOGRAFIADOS ..! NADA DE MONTAJE¡


 GIGANTE DE ASIA
Este gigante mongol fue fotografiado en Ulaanbaatar, la ciudad capital de Mongolia, en 1922. Este gigante debe tener cerca de 3,5 metros de altura. Verdaderamente un gigante entre los mongoles. Este hombre es claramente uno de los descendientes originales de los gigantes de Magog.

GIGANTE INDOARIANOS
Naseer Ahmaad Soomro, nacido en Pakistán en 1970. Altura excepcional de Naseer, hace de él un evidente candidato descendente de los antiguos gigantes indo-arianos.

Chang, el gigante chino
(Chang Woo Gow, c.1845-1893)
"Chang, el" gigante chino ", fue por primera vez a Inglaterra en 1864, a los diecinueve años de edad y siete pies de altura.Chang volvió a Pequin en 1878, cuando se fue a París para la Exposición. Por esta altura estaba más alto y más robusto, pesaba 26st. (365 libras). Después de su jubilación en la vida privada Chang residió en Bournemouth, Inglaterra, donde murió a la edad de 48 años. 

"gigantes" como moderna Manute Bol , con una altura de 7 pies y 140 kilogramos.Usted podría enterrar la pelota sin saltar, pero él también era fuerte físicamente y un buen atleta. Sin embargo, este es un mucho más delgado que los Gigantes de la antigüedad, que eran mucho más pesados, así como proporcionalmente más anchos y más altos, haciendo más probable, en vez de un hombre alto, un verdadero gigante. Foto de La Guarida de Manute Bol.

Con 2,18 m de altura, el actor Richard Kiel George eleva fácilmente 007. A pesar de su gran tamaño y fuerza, incluso Kiel habría sido considerada relativamente pequeña en comparación con la mayoría de los antiguos gigantes americanos. Imagen Oficial Richard Kiel club de fans.


Giganta rusa, de origen original desconocido. Los espías Lenape describieron a los gigantes como tan altos que "la cabeza de los más altos Lenape no alcanzaban sus brazos." Esta es una giganta cerca de 8 metros de altura, además de ser proporcionalmente mayor y más fuerte. Los Kurgans probablemente parecían mucho con ella, como Rusia está al norte del Cáucaso. Se observa que las facciones faciales no son diferentes de los Nativos modernos Americanos.








8 de agosto de 2017

CAPRICHO O CIENCIA...?


La distancia en kilómetros entre Samoa Americana y Rose Atoll es de unos 200 km. Sin embargo, entre estas islas hay una diferencia horaria de 25 horas. ¡Caprichos de las convenciones humanas!

LAS PIRAMIDES QUE LOS EGIPCIOS NO CONSTRUYERON

Sobre la meseta de Giza se encuentra el complejo de pirámides más espectácular de toda la tierra. Son las más perfectas, grandes y enigmáticas de todas. Se les ha nombrado por los faraones que, se cree, han dado orden de construirlas: Keops, Kefrén y Micerinos, de la IV Dinastía. De ellas, la de Keops es la más llamativa, por su tamaño y por todos los misterios que encierra.


Las pirámides egipcias ocultan un misterio que aún no se ha distinguido, algunos arqueólogos creen que son la creación de los antiguos egipcios. ¿Pero Cuales Egipcios.?, hasta el momento no se han encontrado evidencias del Egipto Antiguo, solo el Post Faraonico, lo que origina la tesis de los Antiguos habitantes de esta region africana y cuyas evidencias estan en los recientes descubrimientos de ciudades y momias muy distintos a la era Post Faraonica. La pirámide de Keops (Khufu) se dice siempre haber sido construida por los egipcios, Si el faraón Keops construyó la Gran Pirámide, ¿por qué no había estatua en ninguna parte? Una construcción tan grande, que resistió en el tiempo, denota una megalomanía de alguna manera. Entonces, ¿por qué no se encontró su estatua en la pirámide o cualquier otro jeroglíficos?


La única razón por la que se conoce como Khufu / Keops se debe a un graffiti victoriano, que cuando el coronel Howard Vyse entró en la Gran Pirámide, sin embargo su hazaña desfallece cuando en su diario afirma que no encontró nada que parecía un cartucho o reseñas y dos años más tarde, cuando publicó su libro, escribió que había encontrado un cartucho pintado de rojo en el que se nombra al faraón Khufu, esta es la única fuente en la que la gran pirámide data de la época del Khufu, 2500 años de edad. Heródoto, quien contempló la pirámide hacia el año 450 a. C., y cuyos relatos son la principal fuente primaria historica fuera de egipto, actualmente se minimiza ante los nuevos hallazgo, lo que hace presumir que Herodoto pudo haberla contemplado pero sus relatos pudo haber sido inducido por la clase faraonica dominante, ya que no hace referencia a diversas Estela que se han encontrado en las distintas edificaciones de la era egipcia.


6 RAZONES QUE NOS PONEN A DUDAR


I. Uno de los puntos más controvertidos, en especial de la Gran Pirámide y de la Esfinge, es su antigüedad. Se da por correcto que ambos monumentos los construyó el faraón Keops en el 2.500 a.c., el rostro de la Esfinge atribuido a Kefrén, hijo de Keops, parece confirmar la época. Pero hay estudios incontestables que desmontan esta absurda teoría. Es por todos conocidos y aceptado, incluso por la arqueología oficial, que la mayor parte de los monumentos megalíticos tenían como finalidad última reflejar lo que está en el cielo en La Tierra. Ya casi nadie pone en duda de que el conjunto de Pirámides de la meseta de Giza que no son sólo las tres más conocidas: Keops, Kefrén y Micerino: hay seis más, 3 al este de Keops, otras tres enfrentadas a la cara sur de Micerino y la Esfinge, todas ellas son un reflejo exacto de toda la constelación de Orión e incluso sus diferentes tamaños imitarían la intensidad con el que las estrellas brillan en el firmamento. El problema surge cuando se comprueba que la posición de las pirámides corresponde a la posición de Orión en el año 10.500 a.c.



Dicha afirmación destroza la arqueología moderna, ¿Cómo iba alguien a crear semejante maravilla cuando la historia oficial nos dice que acabábamos de salir de las cuevas? Pues bien, cada vez hay más datos incontestables que apuntan a que la civilización es mucho más antigua de lo que se nos ha dicho.

II. Otra prueba silenciada fue la realizada en 1991 por los norteamericanos Robert Schoch (doctor en geología en la Universidad de Boston) y John West (egiptólogo) en la que se demostraba sin lugar a dudas que la erosión de la esfinge estaba producida por fuertes lluvias y no por la arena. La erosión por agua ya no es discutida por casi nadie, pero se apunta a que dicha erosión ha sido producida por las escasas pero torrenciales lluvias que se producen sobre Egipto, entonces... ¿Por qué los templos hallados en Giza no muestran una erosión similar? ¿Acaso desconocen estos arqueólogos que la Esfinge estuvo enterrada durante siglos? ¿Cómo se erosionó entonces por la lluvia? La respuesta es sencilla, la esfinge es mucho más antigua y se erosionó cuando el Sahara era un vergel con lluvias abundantes, alrededor del 12.500 a.c.

III. Una escultura deforme..? El rostro de Kefrén, los egipcios manejaban como nadie las proporciones, las cuales eran cuasi perfectas y la cabeza de la esfinge no está proporcionada respecto al cuerpo leonado, es mucho más pequeña. Sin duda Kefrén reutilizó la Esfinge y esculpió su rostro sobre el original, las marcas de cantería apuntan en esa dirección.
IV. La Estela de "El inventario", una inscripción en piedra creada por el propio Keops en la que se puede leer: 

"¡Que viva el Horus-Medyed rey del Alto y Bajo Egipto, Jufu (Keops), dotado de vida!, él encontró el Templo de Isis, Señora de las Pirámides, al lado del Templo de Hurun, en el noroeste del Templo de Osiris, Señor de Rosetau. Él construyó su pirámide al lado del templo de esta diosa y construyó la pirámide de la hija real Henutsen, al lado de este templo" (lo que parece indicar que no corresponde con ninguna de las grandes pirámides).

Es el propio Keops el que nos afirma en esta estela que él sólo es el constructor de una de las pequeñas pirámides satélite del conjunto de Giza. Pero las pirámides no presentan erosión por lluvia, tu teoría falla - me argumentaréis los más expertos en Egipto, es cierto, pero hemos de pensar que las pirámides que hoy vemos están desnudas, en la antigüedad estaban recubiertas por 27.000 losas de revestimiento que las protegían de la erosión que fueron quitadas en época medieval con la finalidad de reconstruir El Cairo tras un devastador terremoto.

V. Pero estas no son las únicas pruebas de que algo no encaja en la historia, existen en la construcción de La Gran Pirámide muchos misterios que bajo mi punto de vista solo se pueden explicar retrasando la historia mucho más atrás de lo que se nos ha relatado desde la ortodoxia. Veamos el más increíble de ellos. W. Dixon descubrió en la denominada cámara de la reina de La Gran Pirámide, dos estrechos canales que se catalogaron como "de ventilación", ocultos tras dos enormes losas de granito. En 2002, un robot con cámara incorporada recorrió el pequeño túnel filmando una misteriosa puerta con dos tiradores de metal. Quiero detenerme aquí, pues tras esa puerta, solo se encontró una cámara vacía. Me parece increíble que el hecho de que los tiradores resultaran ser de bronce, no hayan hecho correr ríos de tinta, pues el bronce no se usó... ¡Hasta 1.000 años después de la construcción de la Pirámide de Keops! Aquí no hay dudas, el canal mide centímetros de ancho como se observa en el video, la puerta con los tiradores de bronce están 64 metros en el interior del canal... no hay duda posible de que los constructores los pusieron ahí.

Aquí surge el problema, ni Keops, ni sus antecesores ni sus predecesores 1.000 años después usaban/conocían el bronce, entonces ¿Cómo es que están ahí? Porque es evidente que están... Para mí solo hay una explicación, las pirámides se construyeron mucho antes de que Egipto existiese tal y como lo conocemos con una tecnología muy superior a la que disponía Keops y que por algún motivo dicha civilización y sus conocimientos desaparecieron.
VI. El hecho de que los conocimientos matemáticos de los egipcios en la época de Keops fueran muy rudimentarios (también en anteriores y posteriores) vienen a confirmar mi teoría. La perfección con la que está construida, la complejidad de su diseño (pocos conocen que en verdad La Gran Pirámide tiene 8 caras y no 4), requiere conocimientos técnicos y matemáticos muy avanzados que los faraones no disponían y ni tan siquiera imaginaban. 
Entoces, ¡ QUIEN LAS CONSTRUYO ¡, ya existen varias teorias, las cuales estaremos publicando proximamente, aqui un adelanto.

"ExistIo una una civilización aparentemente global, anterior a las que actualmente conocemos y cuya tecnología (y con ello no quiero decir extraterrestre o similar a la nuestra) era muy superior a la que se dispuso la humanidad durante muchos milenios tras su desaparición."

Quien cree usted;

1- La Atlántida.
2. El rey llamado SAURID. 
3. ENOCH.
4. Extraterrestres

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