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4 de agosto de 2017

EL VERDADERO FINAL DEL "NOVILLO PAIVA" - Capitulo 1-12


Capítulo 1-12


Hermano Carlos:

Me conoces el alma y sabes de qué estoy hecho, cómo fabriqué mi hombría y a cuántos guerreros les puse la tierra y la cruz para poder remendar un futuro. Sabes cuántas veces necesité parpadear antes de cobrarme una ofensa o un desafío: una o dos veces como máximo. Conoces de memoria –bueno, yo espero que la memoria no te venga a fallar ahora, cuando más necesito que recuerdes los viejos tiempos para que entiendas los recientes– mi linda trayectoria de niño inquieto convertido en muchacho vagabundo, convertido en deportista admirado, convertido en criminal, convertido en pobre hombre sin esperanzas.
Pero esta última etapa de mi vida no la conoces lo suficientemente bien, y aquí es cuando cobra sentido, o quizá lo pierde, esta carta. Te doy el derecho de elaborar tus hipótesis sobre el estado de mi ánimo y de mi corazón, pero antes deberás leer estas largas líneas. Yo, que siempre consideré poco serio eso de escribir cartas –recurso de señoritas y liceístas despechados para dirigirse a los demás– he terminado por escribir ésta, con el fin de entregártela de cuerpo ausente, en secreto, sin ser visto por ti ni por nadie, como si al fin me hubiera arrepentido de haber causado todo el daño y todo el asco del que ustedes –los restos de nuestra familia, los viejos conocidos y hasta los millones de desconocidos que se han enterado de mi miseria por los periódicos– me culpan. Me gustaría satisfacerlos con un acto de contrición y una escena de telenovela, de esas tan sabrosas: un tipo se arroja de rodillas ante su hermano llorando como una viuda y clamando misericordia. Muy linda nos quedaría esa escena de perdón y lágrimas, ¿ah?

Pero al diablo con esa mierda, hermanazo, nada de eso va a ocurrir. Sucede que no me arrepiento de ninguno de los pasos dados en todos estos años, pues si revisamos los hechos desde más atrás parece que son ustedes quienes me deben buena parte de la felicidad y los triunfos destrozados. Pensarás entonces que soy yo quien espero que seas tú quien protagonice la escena de las lágrimas. En eso también te equivocas. La justicia me la he sabido cobrar con intereses, aunque este trozo de vida que arrastro parezca, y tal vez lo sea, el de un derrotado. Resumamos: a olvidarnos de las cuentas pendientes y de cómo pagarlas, ya yo los he borrado a ustedes de mi lista personal de deudores.

Ya me imagino lo que estás pensando: "Primero envidioso y criminal, ahora egoísta y cínico... ¿por qué coño se supone que debo escuchar su asquerosa versión de los hechos?". Pues hay varias malditas razones por las cuales debes escucharme, o más bien leerme. Una es que tú desapareciste de la casa mucho antes de comenzar la historia de intriga, suspenso y coñoemadreo que apareció en los periódicos, y por lo tanto la has escuchado sólo en la voz de unos tipos que apenas la conocen. Entonces admítelo: sólo yo puedo contártela paso a paso, con todos sus vericuetos, y es lo que pienso hacer enseguida.

¿Ya no te importa saber lo que ocurrió en realidad? ¿Crees que este asunto es mejor dejarlo muerto y sepultado? Ah, vamos: la segunda razón que tienes para leerme es que, después de revisar estas páginas, podrás ir en persona a buscar a Santiago, nuestro querido y desaparecido hermano Santiago. Sorpresa. Estoy dispuesto a revelarte dónde se encuentra ahora, después de tantos años. ¿No te seduce tanta gloria? Supongamos que, de verdad, poco te importe la suerte de tu hermanito. Pero, ¿cómo ves eso de anunciarle a los detectives, policías y periodistas del país que pueden ir metiéndose sus hipótesis por el culo, porque Santiago Leiva, El Trueno del Litoral, no está extraviado, ni deambulando a la intemperie por las calles de una ciudad remota, ni sepultado varios metros bajo tierra, como tantos analistas de papel creyeron durante todo este tiempo?

Ahora, ¿cómo se entiende que yo le entregue la oportunidad de brillar con la verdad al hermano menos parecido a mí, al ser que ha tenido menos motivos para odiarme pero de hecho me odia con más fuerzas? No hay respuesta. Al fin y al cabo, repito, esta carta no es una petición de piedad, comprensión o ayuda, sino sólo el desahogo, la cloaca por donde quiero dejar escapar las ganas de hacer un importante recuento: de cómo nuestro hermano menor, el Santiago, fue a parar adonde se encuentra ahora, y de cómo fue que yo me involucré hasta las cejas en su destino. ¿Interesante? Sí, interesante. Lo dicho: te conviene oír al maldito, pues es el único en condiciones de hacerte el relato verdadero de nuestra desgracia.

Pero primero quiero darle trabajo a la lengua. Lengua y salivita, mi hermano. Viajar hacia atrás hace falta para revisar las raíces, y éstas que te presento ahora son las mías, o por lo menos las de esta historia. Comencemos por recordar cómo era la vida, cómo éramos nosotros hace sus buenos veinte, veinticinco años, o un poco más.

Yo era el orgullo del viejo Santos. Mamá Micaela nunca nos dijo si este viejo era tu padre, el mío o el de Santiago, pero lo cierto es que aquel hombre con quien vivíamos en 1974 fue quien estuvo más tiempo con nosotros en plan de papá. Era un fanático enloquecido del boxeo, tanto, que mamá Micaela se preguntaba si se había quedado con ella porque la amaba, porque hacían una hermosa pareja o porque ella tenía un hijo boxeador.
En efecto, yo estaba en mi etapa final como peleador aficionado y acariciando la decisión de hacerme profesional, pues mis 130 combates eran un buen aval para intentarlo con éxito a pesar de mis 21 años. A esa edad ya muchos profesionales tienen su buen tramo recorrido, pero yo me veía fuerte y capaz y ese era uno de los temas a analizar. Lo otro era que debía escoger entre seguir dando tumbos en el liceo y empezar una carrera difícil como la de boxeador. Era para pensarlo, para discutirlo. En esos días cursaba estudios de bachillerato y mi rendimiento sorprendía a todo el mundo, pues era inexplicable ver como un vago, un aspirante a truhán que apenas se tomaba la molestia de darle un vistazo a los libros, sacaba las mejores notas del curso. La parte mala del prodigio venía después de salir de clases, pero mientras estaba adentro la mente se mantenía funcionando y se esforzaba por tomar aquello en serio.

Dos cosas nos hacían dudar de los beneficios de continuar estudiando. Una era que la situación no estaba muy bien en la casa y nadie se hace rico a fuerza de estudiar. La otra era que eso de ganarse la vida a trompadas, a pesar de ser una actividad que Micaela se empeñó en catalogar como peligrosa, en esa época daba prestigio y, con suerte y un buen manejador, mucho dinero. Betulio González era famoso y estaba en la cúspide, cualquier paisano sabía quién era Alfredo Marcano y todavía se hablaba con admiración y cariño del Morocho Hernández, de Rondón. Y en todo el mundo el nombre de Muhammad Alí resonaba como un anuncio tremendo. El era el show y movía mucho dinero; con Alí, el pugilismo empezó a convertirse en un negocio grande, así que quien tuviera garra y condiciones hacía bien en meter las narices en el ambiente de las sogas.

Mamá tenía sus dudas porque había visto a más de un peleador fulminado y convulso o cubierto en su propia sangre en las peleas que transmitían por televisión. Pero en esa época el desastre familiar no había llegado con toda su fuerza y la vieja todavía podía permitirse el lujo de escoger entre los centavos para la comida o la integridad física de su hijo. Quien tomó la decisión final fue Santos: en diez minutos de disertación el viejo desbarató a mansalva las dudas de mamá Micaela y también las mías, nos pintó con colores y palomas el futuro y unos días después estaba yo llenando una planilla de solicitud ante la Comisión de Boxeo. Tras un par de diligencias encontré un apoderado y poco más tarde se me avisó que mi debut iba a producirse en febrero de 1974.

Por esos días debí tomar en serio el rumbo de mi vida, y comencé por eliminar las distracciones más fuertes: abandoné el liceo y su gloria mezquina, no llegué a terminar el tercer año de bachillerato. También debí disminuir el ritmo de mis desmanes en el barrio donde vivíamos, allá en La Guaira, donde ya los vecinos me tenían un poco de miedo porque mi ocupación favorita de adolescente, cuando estaba fuera del ring y de las aulas, era convertir las más estúpidas discusiones en masacres con diez o quince heridos; las fiestas, en cacerías de muchachas que terminaban con mil tipos celosos, diez o veinte virgos menos que proteger y dos o tres hogares destruidos por adulterio; y las jornadas de pesca, en borracheras colectivas después de las cuales no eran extraños los enfrentamientos con los policías cuando pretendían detenernos por desaforados y bulliciosos. Mis pocos amigos de confianza se convirtieron en un ejército de lacras que le fueron cogiendo el gusto a los robos, más tarde a los atracos a mano armada y poco a poco a las violaciones. Algunos de ellos no pudieron apartarse jamás de ese camino, pero yo, ayudado por el entusiasmo de Santos y su cuento de la fama y los billetes, decidí darme un largo receso para reconciliarme con el gimnasio y asumir a conciencia mi papel de boxeador: adiós libros, adiós festines callejeros. Eran tan notables mis condiciones que, apenas un mes después de la última borrachera de anís, estaba ya en mi categoría, el peso Pluma –57 kilos– y en forma para saltar al ring como peleador profesional.

Quizá recuerdes aquella noche de mi combate de estreno, en el Nuevo Circo. El viejo Santos, Micaela y tú estaban allí cerca, en el ring side. Todo salió perfecto porque mi rival de esa noche fue un payaso a quien le fracturé la mandíbula en el primer intercambio de golpes y no salió a pelear para el segundo round. Mi pegada y mi estilo impresionaron a los comentaristas y esa misma noche firmé para pelear dos semanas después. Además, el dinero que me pagaron sirvió para resolver algunas urgencias en la casa. Demasiado perfecto para una familia de pobres pelabolas como nosotros.

La vieja Micaela estaba contenta, y Santos ni se diga, pero a ella el ambiente y la tensión le parecieron insoportables y no volvió a ir a ninguna de mis peleas, que fueron cinco más. El, en cambio, no se perdió ninguna, y se exaltaba tanto al presenciarlas que los policías siempre se ubicaban muy cerca y pendientes de él, porque a aquel frenético del carajo se le notaban demasiado las ganas de subirse al cuadrilátero para ayudarme a rematar a mi rival. Estaba borracho de alegría, y cuando llegué a cuatro victorias sin derrotas, con dos nocauts a favor, le dieron unas fiebres de fantasía que lo hacían hablar de peleas contra colosos de la talla del Púas Olivares, Ernesto Ñato Marcel o Danny Coloradito López, los mejores peleadores del planeta en el peso Pluma, en el que yo militaba. Nadie se explicaba, por otra parte, cómo era que en una lista donde figuraban tantas estrellas se hubiera metido un venezolano con buena pegada pero bastante gris como Leonel Hernández. Mi entrenador y mis manejadores comenzaron meses después a buscar un combate contra este Leonel para procurarme un puesto entre los primeros del mundo. Los esfuerzos dieron sus frutos: los manejadores de Leonel se interesaron en la pelea y hasta se habló de montar el combate en Catia La Mar, en el término de dos meses.

Cuando el anuncio de la pelea apareció en el periódico del litoral el fanatismo de Santos terminó por contagiársele a todo el barrio, a la gente le empezaron a parecer ya no crueles sino más bien graciosas las maldades que yo hacía y de repente Gerardo Leiva se convirtió en el ídolo popular, el joven inquieto que –¡bueno, en fin, la juventud!– quizá no era tan sano pero al cual se le podían perdonar algunos excesos porque iba a pelear contra Leonel Hernández –nada más y nada menos– y eso significaba que tenía un brillante futuro. Sí, era imposible dejar de admirarlo, aunque mientras tanto, mientras llegaba ese brillante futuro, seguía armando escándalos en esta y otra fiesta, prolongaba hasta las calles su oficio de tiracoñazos profesional y de paso se cogía a cuanta hembra de doce años para arriba comenzaba a dejarse ver en esas playas.

Santiago y tú, contentos también pero un poco lejos del sabor verdadero de mis triunfos –tú tenías 17 años y ya se te notaba un tumbao extraño al hablar, Santiago tenía 14 y su cerebro no llegaba a cinco–, apenas participaban en las celebraciones. Una vez te preguntaron si querías ser boxeador como yo y tú respondiste que no porque ese era un deporte muy violento. Entonces comenzó a sospecharse por primera vez que eras maricón, y por esa y otras razones incómodas te fuiste del barrio para siempre, ¿me equivoco?
Por su parte, Santiago decía que sí iba a seguirme los pasos, no sé si para evitar que las sospechas de mariconería lo alcanzaran a él también o por su facilidad para entusiasmarse con todos los oficios conocidos, aunque después quedaba demostrado que no servía para ninguno.

No sé si recuerdas su primer día como ayudante en un taller mecánico, cuando dejó caer un envase de gasolina encima de unos cables y estuvo a punto de incendiar toda la cuadra. Y aquella vez que fue a probar suerte en una fábrica de muebles y estropeó 120 kilos de madera de pino tratando de hacer las perforaciones en el lugar correcto. Y la pelea con el dueño de la cafetería en la que le dieron empleo: el hombre le reclamó muy seguido algo sobre un dinero mal contado, Santiago tuvo un arranque de mal humor y dejó al tipo encerrado hasta la noche en una cava refrigeradora. Y aquel anuncio solemne de su ingreso a las filas del ejército: hizo llorar de lo lindo a la vieja Micaela con su larga y cruel despedida, para luego aparecer de regreso al día siguiente explicando que lo habían rechazado por tener los pies planos. Y su expulsión de la escuela por sucio, grosero y desconsiderado, porque en una clase de Lengua y Literatura la maestra le puso como asignación una composición poética, y él le llevó un estribillo incluido en un cassette de chistes colombianos que le gustaba mucho:

Tengo un gargajo en la boca
tengo un moco en la nariz
un litro de leche en la pinga
y en el culo una lombriz

Y todo esto sin contar las veces que había demostrado ser nulo, incapaz y cobarde para los asuntos de hombres, para la sangre, el puñal y el carajazo, incapacidad que terminó siendo su perdición, y también la mía. Todo lo cual nos trae al punto más amargo, y acá es cuando se me cansa el hígado de tanto forzar el tono de abuelo narrador de leyendas. Pero como se trata justamente de revisar todos estos recuerdos importantes para no perder la brújula del ahora, llegó el momento de hablar de Mario, aquel borracho infeliz. Creo estar acostumbrado a echar a la basura del olvido a los muertos, pero por estos días el Mario se ha empeñado en volver a atormentarme, sobre todo en las noches más solas de esta temprana vejez.

Ocurrió una semana antes del que iba a ser mi combate profesional número siete, el más importante de mi corta pero exitosa carrera, el muy esperado duelo contra el vulnerable aunque famoso –famoso aunque vulnerable– Leonel Hernández. Ya todo estaba estudiado, toda la estrategia estaba en su punto: el desplazamiento hacia la derecha para evitar su peligroso gancho, la forma como debía buscar el combate desde la media distancia para mantenerme lejos de su alcance y castigarlo con el upper. Y hasta la celebración, Carlos, hasta la celebración: las cajas de cerveza, la cazuela de mariscos, res y gallina, el rumbón al aire libre y los cohetes de mi victoria estaban ya estudiados y planificados.

Aquel Mario era un sujeto que a la cuarta cerveza se iba por todo el barrio a joderle la paciencia a los demás, molestaba en todas partes pero con la molestia inofensiva del pobre tipo a quien sólo se le da un empujón y se le manda a dormir. Una mala noche se le ocurrió instalarse a cantar frente a la casa, a todo grito: "Ayayay, Micaela se botó", con la letra y música de un conocido bugalú, y ponía énfasis en el nombre de Micaela para sacarnos la madre y hacer reír a todo el barrio con su mariquera. Cuando yo llegué y escuché el escándalo del hombre y las risas de toda la gente de la zona, le grité algo desde la puerta y le lancé una botella que le cayó cerca, nada más para espantarlo. El hombre se quedó mudo un rato pero después comenzó otra vez: "Y cuando yo bailo con ella, atrás me dejó. Ayayay, Micaela se botó". Le pedí a Santiago que saliera a callarlo, que fuera hasta allá y le diera unas cachetadas para ahorrarme el trabajo de tener que hacerlo yo mismo, pero el hombre lo recibió con insultos y redobló la jodedera en contra de mamá Micaela.

–Quiero cantarle esta serenata y esta noche la saco a pasear.

Santiago se quedó callado frente al Mario y éste empezó a gritar con más fuerza. Esperé unos segundos para ver si Santiago por fin reaccionaba, pero este pedazo de cabrón dio la espalda y se devolvió para la casa sin cobrarse el honor mancillado. Entonces se me metió el demonio en el cuerpo, salí a la calle y me dispuse a cerrarle la boca al maldito borracho por las malas; como al niño Santiago le faltaba carácter para resolver las situaciones incómodas tuve que resolver yo aquella a cuenta de varón ofendido. Poca gente en aquel arrabal había visto u oído en su vida una pistola como no fuera en las películas de vaqueros, pero esa noche veinte o treinta testigos tuvieron ocasión de ver una de verdad rugiendo dos, tres, cuatro veces frente a la cabeza del viejo Mario, y tuvieron ocasión también de cobrarme todas mis faltas anteriores echándome encima a la policía y a la judicial cuando fueron a recoger el cadáver.

Dos años estuve encerrado en la cárcel Modelo por culpa de la pobreza de ánimo del Santiago. Desde entonces se acabaron los sueños de combatir con el Púas Olivares, o con el Coloradito, o con Eder Jofre, y ni siquiera con el saltimbanqui de Leonel Hernández. Ahora los rivales a liquidar, y sin público, televisión ni honorarios, fueron bichos como El Quemao, Olegario, El Caliche, Mierda Seca, una banda de perros sin fama ni corona en este mundo pero con un cartel de maravilla en eso de preparar y traficar cuchillos, chuzos y espadones, violar muchachos indefensos, sacarle las tripas al prójimo y al enemigo por igual y dejarse hacer cosas indignas por un tabaco de marihuana. En esa categoría me tocó defender mi prestigio de gladiador, y el título que conseguí fue la sobrevivencia en el basurero más repugnante del planeta.

Mientras yo estaba en la prisión comenzó contra la familia una guerra fría que ni tú, ni el viejo Santos, ni mamá Micaela, ni Santiago estaban en condiciones de soportar. Después de unos cuantos ataques a pedradas, varias pintas escritas en las paredes –"Ayayay, Micaela: prepárate"– y un par de consejos de la gente que todavía apreciaba a la vieja, decidieron vender el rancho y salir del barrio, lo cual hubiera resultado una buena decisión si en lugar de mudarse a un lugar más decente no hubieran escogido ese otro cerro miserable en Catia La Mar, adonde no tardó en llegar la noticia de lo mal muchacho que yo era y, por supuesto, de la urgente necesidad que había de liquidarme para no darle mala nota a un lugar tan distinguido como ése.

Cuando salí de la cárcel, favorecido por las diligencias de mi entrenador y las autoridades deportivas, y me tocó llevarme por el medio a los siguientes buscadores de pleitos, comencé a criar un prestigio de los peores ya no en la familia, sino también en una zona donde el más idiota tenía tres muertos y cinco violaciones, sin contar los atracos y los carros desvalijados. El lugar estaba tan lleno de lacras y la vida en la casa se estaba retorciendo de una manera tan rápida que el viejo Santos prefería no quedarse allí por las noches, sobre todo cuando tenía que regresar tarde de su trabajo en el puerto. Aquella era entonces una familia arrinconada, con una vergüenza que se le notaba a veinte cuadras, y esto me movió a tratar de enderezar el rumbo y recuperarme de los largos meses de encierro.

Volví, al principio un poco tibiamente, al gimnasio de La Guaira. Problemas de peso no tenía porque en la prisión el menú era a base de unas zambumbias repulsivas que enfermaban del estómago hasta a los ratones, y que sin embargo eran preferibles a la comida hecha con cariño pero sin ninguna habilidad por mi vieja Micaela. El resultado estaba a la vista: bajé de 57 a 51 kilos, una enormidad para un atleta sin grasa en el cuerpo.

En pocas semanas ya entrenaba con la concentración de antes, recobré poco a poco mi peso y el tono muscular, pero cuando se hizo pública mi intención de regresar al ring algún envidioso removió el caso de Mario, y la poca gente dispuesta a ayudarme, comenzando por el entrenador Jacinto Vergara, decidió darme la espalda para no mancharse las manos con semejante pupilo. Así, cuando no hubo ni siquiera quien me entrenara, ni representara, ni manejara mi carrera, decidí olvidarme del boxeo, cuando todavía no cumplía los 25 años.

A Santos le dio un ataque de desilusión. Primero dejó de hablarme, y después, como para confirmar la teoría acerca del motivo de su permanencia junto a Micaela, desapareció un día del rancho y no regresó jamás a vivir con nosotros. Se le había terminado la luna de miel y el espejismo del parentesco con un campeón mundial de boxeo. El viejo lo pensó bien, se dio cuenta de lo mal negocio que era seguir compartiendo su sueldo con un poco de parásitos y prefirió irse a la mierda. Nunca se lo comenté a nadie y menos en aquellos momentos, pero la partida de mi más entusiasta admirador tuvo su sabor a mutilación.

Santos tenía otras razones para odiarme, además de mi divorcio del pugilismo, y era mi incapacidad para regenerarme y convertirme en un caballero inmaculado, que supongo era lo que se esperaba de mí. En poco tiempo volví a mis tiempos de pandillero y de jodedor y el barrio comenzó a conocerme las facetas más perversas, ya no me interesaba sino hacerme respetar e inspirar terror en las calles y lo intenté con la misma energía que había puesto años antes en prolongar mi condición de peleador invicto, y en erigirme como figura ascendente entre los mejores pesos Pluma del país.

Mientras tanto, al Santiago lo animaron para que probara suerte en el gimnasio y en algunos programas como peleador aficionado, así como había probado antes en los estudios, la carpintería, el taller, la fuente de soda y el ejército, y yo ni siquiera me ocupé de estimularlo ni de darle pistas porque, según lo que había visto en dos peleas suyas, en el boxeo iba a irle tan mal como en los otros oficios, así se metiera en el cerebro un barco lleno de instrucciones. Pocas veces había visto yo pasar tanto trabajo a un hombre como el que Santiago pasaba cuando se montaba en el ensogado, peleando al mismo tiempo contra su miedo y contra el empuje de sus rivales; aquello daba un poco de lástima. Su forma de caminar en el ring era algo así como una mezcla de Charles Chaplin con Celia Cruz. Al lanzar los golpes –los pocos que lograba lanzar en la pelea– pegaba o intentaba pegar con la palma de la mano en vez de hacerlo con los nudillos, como si en lugar de guantes de boxeo tuviera puestos un par de zapatos en las manos.

Terminó derrotado, por supuesto, esas dos veces que lo vi en acción. Lógico. Si tú acudes a un combate a recibir golpes de todo tipo, sin ensayar una defensa más o menos exitosa, y lo único que te mantiene de pie es la esperanza de que el otro se va a atravesar un día en la trayectoria de tus puños y a dejarse conectar en la mandíbula, lo más seguro es que te canses de perseguir al hombre o que el árbitro detenga la masacre, te despida con una palmada en el hombro y te recomiende irte a dormir a tu casa. Eso era lo que Santiago entendía por boxeo: hacer unos desplantes, lanzar un par de manotones aquí y allá, aguantar el vendaval de carajazos del contrario de turno y esperar la salvación de la última campana. Un desperfecto así en un chimpancé a quien la vida le dio la oportunidad de crecer en una zona llena de guerreros, ya no tenía remedio.

En cuanto a ti, habías conseguido trabajo o cupo para estudiar en Caracas y apenas se te veía la cara una o dos veces por semana. Yo me gané un nuevo carcelazo en el 79, debido a otro asesinato que no cometí pero que de todas formas me atribuyeron. Esto terminó de hundirme como hombre –pensaron ustedes, y yo me lo creí por mucho tiempo–, porque fue otro año y medio de rabia, de soledad y de infamia. De nuevo me tocó lidiar contra delincuentes furiosos y contra los hábitos de bestia que adquirí, como ese de dormir de día y permanecer despierto en las noches para no quedar desarmado ante el enemigo. Y como ese otro, más difícil de sobrellevar, de alimentarme con la comida de la vieja Micaela y agradecérselo con una sonrisa, no fuera a pensar que le estaba despreciando el gesto de bajar todos los domingos al infierno nada más para llevarme de comer.

En esta segunda temporada entre rejas me tocó conocer el sabor de la derrota por primera vez en mi trayectoria de hombre de combate. Una madrugada, viejos rivales entraron en nuestro pabellón en plan de guerra y la sangre comenzó a correr como nunca. Mientras yo buscaba un arma para repeler la agresión alcancé a ver, ayudado por un rayo de luz fría de la calle, la cabeza de un compañero de celda que rodaba por el piso, separada del tronco. En medio del vaporón causé estragos en el cuerpo de dos enemigos, pero un hierro lleno de filos, óxido y orines se me hundió en un brazo con la misma facilidad con que se hubiera hundido en una barra de mantequilla. La pelea terminó después de media hora. Los muertos fueron arrojados en tres cavas y los heridos fuimos llevados a la enfermería para ser atendidos a patadas, como se atiende a los animales.

A los pocos días la podredumbre de la carne me llegó hasta el hueso porque los guardias ordenaron que sólo me lavaran y me colocaran una venda, y se negaron a llevarme al hospital. El resultado fue una amputación de emergencia, la cual me dejó de recuerdo este trozo de material ex humano que me cuelga donde debería estar el brazo izquierdo. De vez en cuando, sobre todo al intentar una proeza como amarrarme los zapatos o subirme a un autobús con una bolsa en la mano, pienso en el Gerardo Leiva boxeador, en aquel prospecto con futuro del año 74, como en un viejo cadáver que ya no vale la pena ni siquiera extrañar.

Apenas salí de la cárcel y llegué al rancho me encontré con una noticia que necesité masticar varias veces para poderla procesar: el Santiago tenía unas ofertas firmes para dar el salto al boxeo profesional y estaba a punto de firmar un contrato nada despreciable. El anuncio me produjo una risa que Micaela interpretó como un gesto de alegría y por lo tanto no me costó mucho alargarla durante un rato, pero después sentí algo que me cayó como un bloque lanzado desde el último piso en forma de brutal sorpresa. A mí, que ya pocas cosas me podían sorprender a esas alturas de la cochina vida.

Quince peleas. Quince peleas apenas y ya se sentía en condiciones de convertirse en boxeador profesional. Y lo más increíble: había un promotor, o para ser más específico, el promotor de boxeo más importante del país en ese momento, interesado en que ingresara a sus filas de inmediato, porque necesitaba poner en actividad a varios peleadores de las categorías intermedias, esto es, en Super Gallo, Pluma, Ligero Júnior, Ligero. Santiago andaba por los 55 kilogramos de peso, así que era un Super Gallo natural. Era el mes de agosto de 1980.

Mi primer impulso fue discutirlo con él, intentar algo en contra de su razonamiento paleolítico. Le dije con toda franqueza que si en el pugilismo aficionado lo vapuleaban y lo devolvían al rancho convertido en una escoba de hospital, en el profesional la emoción apenas le iba a durar para escuchar la primera campana. Pero el trabajo de seducción de la empresa llevaba varias semanas y ya lo habían convencido de dejar de pelear por puro deporte y por medallas. En realidad no se había ganado ninguna medalla, pero en la albóndiga que tenía por cerebro se veía muy nítida la idea de que era suficiente con sus quince lamentables apariciones públicas, de modo que ya estaba por estampar en los papeles de ley el plumazo necesario para ponerlo a ganarse unos centavos dando y recibiendo –sobre todo recibiendo– coñazos.
En opinión de mamá Micaela era mejor dejarlo probar, y los argumentos tenían su peso, sin ninguna duda. En la casa –he estado diciendo la casa, ya sabes, esa manía de ponerle nombres decentes hasta a lo más siniestro– se vivía de milagro, de la compasión de los automovilistas a quienes Santiago y Micaela abordaban en las colas de la avenida principal de La Guaira para venderles cigarrillos y golosinas, y de los ridículos centavos que tú enviabas cada siglo, cuando recordabas que tenías un aborto de familia desintegrándose en un rancho 

–¡una casa!– de Catia La Mar.

Yo creo que ella adivinó o sintió algo extraño en mis esfuerzos por hacer que Santiago rechazara la propuesta, porque una vez me dijo, sin que se lo preguntara, que yo le había dejado algo importante a mi hermano menor y era el ejemplo como boxeador y como hombre de cojones, ese talento para no dejarme doblegar jamás ante las dificultades. Estuve a punto de decirle que eso él no lo había aprendido ni iba a aprenderlo nunca porque era un maldito cobarde, pero me contuve porque la vieja se veía de verdad muy contenta por la oferta del empresario, y además porque capté algo muy claro en el tono de sus palabras: al abordarme para decirme todo aquello, Micaela sólo quería en realidad consolar a su pobre Gerardo, el ex buen estudiante y ex boxeador convertido en viejo prematuro, al inútil que alguna vez pudo ser alguien pero ahora, después de todos los carajazos de la vida, no tenía ni aguante para soportar una gripe, ni ánimo para enfrascarse en proyectos a futuro, ni moral para darle consejos o presentarle opciones de vida a nadie.

En cuanto a mi muy valioso y trascendental aporte para ayudar a sostener la casa, de las destrezas y habilidades adquiridas como oficio tampoco podía esperarse mucho: hasta para poner en práctica lo aprendido durante el curso intensivo de asesino hacía falta un poco de energía o de fe, y esos ingredientes hacía rato se me habían escurrido entre las manos rumbo a la letrina.

Un día, a finales de 1980, aparecieron en el rancho dos personajes que, luego de un saludo aristocrático o inglés, se dispusieron a representar un cuadro impresionante, vestidos con paltó, corbata y zapatos finos, plantados en medio de una sala que destilaba grasa, moscas y nidos de araña que daba gusto, y en medio del calor diabólico de las dos de la tarde. Trabajaban con la empresa de Rafito Cardona y querían concretar de una buena vez lo del contrato de Santiago. Apenas se presentó el muchacho ante ellos, aquellos hombres comenzaron a hablarle con mucha cortesía, y lentamente, haciendo muchos ademanes, como si entendieran –para entenderlo bastaba con verle la cara– con qué clase de mono iban a tratar.

Le hablaron de las ventajas de ser boxeador profesional en un momento como ése: el viejo promotor montaba entonces un programa semanal y la televisión lo transmitía sin falta, los sábados a las ocho y media de la noche. Tenía inversionistas, tenía un rebaño de peleadores en todos los pesos y muchas ganas de llevarlos a viajar por el mundo, de ponerlos a disputar campeonatos mundiales. Dijeron haber visto los últimos combates de Santiago, le habían notado cierta garra de campeón, "Y es un asco desperdiciarla en peleítas de aficionados". Esto me pareció un gesto en el límite superior de la hipocresía.

–Fíjate tú –le dijo uno– ese cabrón de pared llamado Pantoño Oronó. Uno le nombra a su pueblo o le pregunta por su mamá y se pone a llorar. Pero Rafito movió sus influencias para hacerle la vida más fácil. Como este flaco era muy grande para ser peso Mosca y muy desnutrido para ser peso Gallo, le inventó una categoría intermedia –la Super Mosca– con la ayuda de su amigo, el presidente de la Asociación Mundial de Boxeo, y pudo convertirlo en campeón mundial. Entonces cómo no vas a llegar lejos tú, que tienes fuerza, que tienes personalidad y que tienes un camión en cada mano.

Semejante discurso no podía quedarse sin florecer cuando llegó a las diez o veinte neuronas del más joven y más bruto de los Leiva, así que Santiago se levantó de la silla y empezó a preguntar "A quién hay que arrancarle la cabeza, dónde están los guantes, dónde hay que firmar, dónde está el adelanto de mi primera pelea, cuándo voy a estar en la televisión", lo cual le activó la lengua al otro sujeto. Dijo que había algunas trabas legales que resolver, pues según la Comisión de Boxeo para saltar al profesionalismo era preciso haber representado al país en competencias internacionales, o por lo menos haber realizado 80 combates en aficionado a nivel nacional, y por lo tanto las quince peleas de Santiago no alcanzaban ni para la cuota inicial del profesionalismo. "Pero hay ciertos mecanismos legales –recomenzó el hombre– que pueden aprovecharse, y para ello es necesaria la autorización del peleador y la de alguien capaz de representarlo en caso de", y ahí es cuando entra la vieja Micaela en escena para estampar su huella digital –su firma– con todo y su toque de cebolla y crema de verduras –el almuerzo de ese día– en un documento que no leyó, en primer lugar porque no sabía leer, pero que de todas formas no hubiera leído pues de lo que se trataba era de finiquitar un negocio consistente en recibir unos billetes sin necesidad de ir a dar lástima en la avenida principal de La Guaira, y dejarle al Santiago el trabajo de dar lástima, pero eso sí: en la televisión.

Cuando se fueron los tipos hubo brincos, felicitaciones y hasta algunos sollozos emocionados de mamá Micaela, mientras yo comenzaba a pensar en la forma de bajarlos de esa nube. Dejar que Santiago se convirtiera en boxeador profesional me parecía una aberración de las gruesas. De las quince peleas realizadas como aficionado fue descalificado en cuatro por pegar en forma defectuosa, otras cinco las perdió por una sencilla razón: no sabía pelear, y en las otras seis logró vencer por nocaut fulminante, me imagino que más por ineptitud de los rivales que por talento propio.

Es verdad, como ustedes lo sospecharon, lo dedujeron y lo comprobaron con los años, que desde el primer momento me propuse evitar que diera ese paso, y la razón me parecía demasiado sólida como para estar discutiéndola con los demás: vivir de algo o dedicado a algo es una cuestión de inteligencia. Para cualquier oficio, incluso el más irracional, se necesita cierta capacidad de análisis, de reflexión, de inventiva, y ya estaba claro que la única vocación conocida de Santiago consistía en estropear las otras posibles vocaciones. Así lo entendí en el primer momento y de esta forma me parecía más soportable y natural explicármelo, y explicárselo a los demás: "No quiero que fracase, por eso debo parar esa carrera hacia nada que está emprendiendo el muchacho". Pero muy adentro comenzaba a hervir –al principio sin querer reconocerlo; luego se me iba a revelar con toda la amargura– otra fuerza, una voz imperiosa que me ordenaba detenerlo, y era cierta acumulación de pasado, de rencores, de ciertos episodios dolorosos que, para resumir, estaban sepultándome sin remedio mientras al culpable le servían en bandeja el camino a la gloria.
¿Qué había sido mi vida a la edad de Santiago? Un montón de momentos desaforados que yo confundía con la felicidad cuando estaba en la cima de mis facultades y en plena locura adolescente, momentos salpicados además con un reguero de dolor, de mala fama y de peores anuncios. ¿Cómo no iban a quererlo a él y a considerarlo la fruta imposible de corromper? Santiago andaba por las calles en las mismas condiciones que yo pero había podido mantenerse lejos de la violencia y la perdición. ¿Cómo podía andar por el barrio más peligroso del litoral con su cara de muchacho bobo y simpático, ganándose el cariño hasta de los más sucios? ¿Y por qué esto resultaba tan sorprendente? Ah, es que a su edad el hermano Gerardo andaba sembrándole pepas de plomo a los demás para ganarse el respeto de tanto coñoemadre en la vida.

Así iba el mundo. Mientras yo hacía el papel de bestia corrupta y sin misericordia para evitar que me tomaran por un tipo débil y me devorara la jauría, el Santiago lograba todo eso –ganarse el respeto de paisanos y malandros por igual– sin haber tocado nunca una puta Magnum. Y ahora, para completar la burla del destino, iba a entrar directo y sin tocar el timbre por la puerta grande del boxeo profesional, esa misma puerta cerrada para mí por culpa de su cobardía. A la mierda con las burlas de Dios.

Antes de decidirme a hacer algo al respecto esperé que Santiago cumpliera el período de preparación con miras a su debut. Si las cosas iban bien, su debilidad y su propia torpeza iban a acabar temprano con la comedia. Tras varias semanas de ausencia reapareció por el rancho con un dinero, un préstamo o un adelanto de la empresa de Rafito para que resolviera sus carencias domésticas, y mira que había millones de ellas por resolver. Dijo que él mismo iba a pagar esas deudas con los honorarios producto de sus peleas. Nuevo sacudón de llanto de la vieja Micaela, había por fin un hombre llevando el sustento al hogar –ya sabes, el hogar– y en breve hasta lo íbamos a tener en la pantalla de televisión, aunque no se sabía si aquello iba a ser motivo para celebrar y estar orgullosos o para morirnos de la vergüenza. Yo estaba seguro de que iba a ocurrir esto último.

Después de llevar aquellos centavos volvió a perderse durante más de un mes, y cuando mamá Micaela ya estaba pensando en ir a la policía a denunciar un secuestro, una desaparición o un accidente, lo vimos entrar en la sala convertido en algo extraño para los ojos. Aquel negrito flaco, marrón tirando a verde, los ojos amarillos de anemia, el caminar macilento y la pinta de sepulturero, llegó convertido en un saco de músculos y el color negro convertido en negro de verdad, la cabeza pelada al rape y unas ganas como de romper las paredes con la fuerza de su respiración. Contó que había estado metido día y noche en el gimnasio, allá en La Guaira, porque su entrenador, mi ex entrenador Jacinto Vergara, le había recomendado recluirse ahí mientras llegaba el momento del debut, no fuera a malograrse por andar en esas calles y entonces se echara a perder el negocio. Por las mañanas se iba a trotar en las playas de Macuto y Caraballeda, y en las tardes lo llevaban a Caracas para meterse una sesión diaria de pesas con el maestro Heney Awed, forjador de campeones. Cuando la vieja Micaela nos dejó solos yo traté de prevenirlo contra los muchos peligros que lo acechaban. Era muy arriesgado endeudarse sin estar seguros de cómo le iba a ir en su carrera. Traté además de aflojarle la ilusión y las esperanzas con algunos comentarios técnicos.

–Estás pesado, tienes demasiados kilos para el peso Super Gallo.
–Estoy comiendo completo –respondió.
–Cuánto estás pesando.
–59, 59 y medio...
–¡Casi 60 kilos! Son cinco kilos más, siempre has peleado en Super Gallo. En peso Ligero no vas a tener chance, vas a estar más lento de lo que eras antes.
–Voy a pelear en Ligero Júnior. Y ahora estoy más fuerte.
–Las manos de los rivales van a pesar más también. Un solo derechazo y te matan.
–Me los meo. Ahora tengo buena defensa.

Le recordé que nunca la había tenido, y que con dos meses de entrenamiento no se podía pulir una guardia efectiva. De todas formas lo invité a pararse en posición de combate para observarlo, y él lo hizo. Me fijé en la ubicación de los codos, en el espacio que dejaba libre junto al mentón al colocar su mano izquierda adelante, y entonces no pude controlarme. La comezón de los viejos tiempos y la oportunidad de hacerle daño me despertaron el instinto. Casi sin pensarlo cogí impulso y le disparé un gancho de derecha que viajó como un soplo hacia la cara, pero el golpe sólo encontró el vacío porque Santiago lo esquivó con un ligero movimiento del tronco hacia atrás. El muy pendejo no tuvo malicia para descubrirme las puercas intenciones, y mucho menos para ensayar un contragolpe que me hubiera dejado frito en el piso por cinco días.

–Ahora tengo defensa –repitió, con una risita de tipo sobrado.


CONTINUA; CAPITULO 2-12

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