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7 de marzo de 2017

SABIAS DE ESTE RITUAL, "PIES DE LOTO DORADO"


Publicado por Encarna Lorenzo

Debo a Marisa Ayesta, amiga y mentora literaria, el descubrimiento de Cisnes Salvajes (1995) de Jung Chang, un estupendo libro que entreteje la biografía novelada de tres generaciones de mujeres, incluyendo a la propia escritora, con la turbulenta historia de China durante el siglo XX. Confieso que lo que atrajo toda mi atención, desde las primeras páginas, fueron las referencias a los “pies de loto” de la abuela de la narradora. A quienes leísteis Viento del este, viento del oeste (1930) de Pearl S. Buck, no os pillará tan por sorpresa la crueldad del ritual de los pies vendados. La gravísima deformación del pie que producía tuvo una enorme trascendencia en las vidas de millones de mujeres durante cientos de años. Por el evidente interés que presenta esta costumbre para la Antropología Social y Cultural, he realizado un pequeño estudio cuyos resultados quisiera contaros aquí.


Como sucede con tanta frecuencia, el origen de esta singular práctica está envuelto en una nebulosa de leyendas. Ya en el siglo X las bailarinas de la corte se vendaban los pies para hacer más gráciles sus movimientos. Pronto las imitaron las damas de alto rango y, en el siglo XVI, ya se había generalizado en todos los rincones del imperio y era usual entre todas las clases sociales. A fines del siglo XIX, tras la revuelta de los bóxers, la emperatriz Cixi realizó un tímido intento de prohibir la costumbre para contentar a las potencias occidentales, que clamaban contra su barbarie. Permaneció oficialmente en vigor hasta su prohibición por la República China en 1911, si bien su persistencia clandestina obligó a Mao a reiterarla en 1949.

El vendado de pies presenta características propias de un rito de paso, que comenzaba en la infancia y que tenía por objeto preparar a la mujer para su función de esposa, dejando una marca indeleble en el cuerpo. Como esa intervención corporal impedía caminar con normalidad, solo podía tener lugar en el seno de familias pudientes, que no necesitaban que sus hijas trabajaran para subsistir. Por ello, desde la función estética inicial, acabó siendo un signo distintivo de status social y riqueza, a lo que se añadió igualmente una dimensión ética: los valores de castidad y sumisión. Al dificultar hasta tal punto el movimiento, conllevaba la reclusión de la mujer en el ámbito doméstico. Como tal situación estaba en perfecta consonancia con los valores del confucianismo, no es de extrañar que la costumbre obtuviese un respaldo social tan amplio y prolongado en el tiempo.

El doloroso proceso se iniciaba entre los dos y los seis años de edad, y se desplegaba en cuatro fases a lo largo de unos tres años. Generalmente, la elegida para soportarlo era la hija mayor de la familia. Una consulta astrológica decidía el día propicio para el comienzo. Tras la ofrenda de suaves pasteles de arroz a los dioses (un ejemplo de magia simpática imitativa), la madre vendaba fuertemente los pies a la niña, doblándole los cuatro dedos pequeños hacia la planta y dejando el pulgar libre. El objetivo era modelar un pie diminuto y puntiagudo, para lo cual progresivamente se apretaban más las vendas para calzar los pies en zapatos cada vez más pequeños.



El tamaño de 10 centímetros era el límite que separaba los lotos de hierro de los más apreciados lotos de plata, y su distinta valoración social se reflejaba en el metal con el que se los denominaba. Pero lo que constituía un verdadero prodigio eran los “lirios dorados”, con unos increíbles 7.5 cm de largo. No tenéis más que pensar que una talla 39 de calzado, que es una de las más comunes para mujer, corresponde a una longitud de 26 cm, más de tres veces superior. Lo lamentable es que esa jibarización del pie solo se conseguía a costa de la fractura de los huesos de los cuatro dedos doblados, la putrefacción de la carne y la curvatura extrema y antinatural del arco del pie. El aspecto resultante era tan monstruoso que el pie, deforme y pestilente por la carne descompuesta, nunca se exhibía desnudo. A la vista de los demás siempre debía permanecer vendado y enfundado en preciosos zapatitos. Puro fetichismo podal.

Como nos cuenta Jung Chang, aunque su abuela era una auténtica beldad, Su mayor atractivo eran sus pies vendados, que en chino se denominan “lirios dorados de ocho centímetros” (san-tsun-gin-lian). Ello quería decir que caminaba “como un tierno sauce joven agitado por la brisa de la primavera”, cual solían decir los especialistas chinos en belleza femenina. Se suponía que la imagen de una mujer tambaleándose sobre sus pies vendados ejercía una efecto erótico sobre los hombres, debido en parte a que su vulnerabilidad producía el deseo de protección en el observador.

El elevado coste de esos pasitos claudicantes tan seductores era la invalidez de por vida de la bella torturada, pues la deformidad de los pies arrastraba consigo la de toda la columna. ¿Cómo es posible que, en esas terribles condiciones, el vendaje de pies se perpetuara durante más de mil años? Un rígido código social aseguraba la posición sojuzgada de la mujer, cuya única salida era el matrimonio:

En aquellos días, cuando una muchacha contraía matrimonio, lo primero que hacía su familia del novio era examinar sus pies. Unos pies grandes y normales eran considerados motivo de vergüenza para la familia del esposo. La suegra alzaba el borde de la falda de la novia, y si los pies medían más de diez centímetros aproximadamente, lo dejaba caer con un brusco gesto de desprecio y partía, dejando a la novia expuesta a la mirada de censura de los invitados, quienes posaban la mirada en sus pies y murmuraban insultantes frases de desdén. En ocasiones, alguna madre se apiadaba de su hija y retiraba las vendas; sin embargo, cuando la muchacha crecía y se veía obligada a soportar el desprecio de la familia de su esposo y la desaprobación de la sociedad, solía reprochar a su madre haber sido demasiado débil.

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