EL Gran Mariscal de Ayacucho es una figura que se agiganta después de esa famosa batalla peruana, a quien muchos le temían por tantos éxitos no solo militares sino políticos o de Estado, al consolidar la República Boliviana, creada por el caraqueño Bolívar. Si a esto sumamos que el cumanés a su paso por Quito se enamora de una dama de la localidad algo gordita, que llega a aprisionarle el corazón, o sea la ennoblecida doña Mariana Carcelén y Larrea, que usara el título nobiliario de Marquesa de Solanda, con quien casa por poder dado sus trajines políticos que lleva a cabo muy lejos de Quito, y con quien piensa desde luego establecerse en dicha ciudad, una vez terminados los afanes que lleva a cabo.
La noticia de su residencia en dicha ciudad no cae muy bien que digamos dentro del grupo de caudillos que están dispuestos a gobernar por siempre en aquellos territorios que en su amplitud de extienden desde Popayán hasta el sur de Guayaquil, para lindar con el Perú, y entre estos capitostes de fortuna se hallaban algunos como Juan José Flores, nativo de Puerto Cabello en Venezuela, que será Presidente del Ecuador, hombre tenebroso y de marramucias capaz de cualquier cosa para arribar al poder, José Hilario López, payanés, sibilino en el trato que es otro general de cuidado, luego Presidente de Colombia, y el tenebroso payanés José María Obando, también futuro Primer Magistrado de Colombia, quien no se detiene en el asesinato para obtener ganancias y poderío. Así las cosas, tanto para el general Flores como para el otro José María Obando, la figura del mariscal Sucre sobraba en Quito, y por tanto había que eliminar solapadamente al recio contendor. Como antes lo habían querido hacer en Bolivia. En los preparativos serios del magnicidio dio la coincidencia que el coronel Apolinar Morillo decidió regresar hacia el Norte, con la intención de volver a Venezuela y posiblemente a su terruño de San Lázaro, donde le esperaba alguna familia que tenía muchos años de no verlo, y como para aquel tiempo a fin de viajar se requería una autorización especial o pasaporte para evitar inconvenientes, el trujillano visita a su paisano general Flores en la solicitud de este salvoconducto viajero, a lo que desde luego éste no se opone y al contrario le entrega una carta cerrada y acaso lacrada para que con lo privado que contiene Morillo la entregue en Popayán y en propia mano al “tigre” (alias o apelativo por el olor que despedía) José María Obando. Y con este pasaporte Apolinar Morillo se despide de Flores y de Quito para tramontar la sierra que lo espera al paso de buena caballería mular, de donde transita por el camino real de Tulcán, Pasto y con calor y vientos fríos entra en el neogranadino Popayán, asiento y cuartel del general Obando, donde no está al cabo de saber la misión que le espera y el suplicio mental que lo acompañará para toda la vida.
