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8 de mayo de 2017

Barrabás”; El Gran Diamante de GUAYANA, la Verdadera historia contada por sus protagonistas


Muchos diamantes ha dado la Gran Sabana, a pesar de las diversas y estrictas figuras de protección ambiental que prohíben la actividad minera en esta zona, pero ninguno tan nombrado como el “Barrabás”: su historia y la del hombre que lo extrajo son un relato entre la realidad, la fantasía, la memoria y el olvido

Ese día, de 1942, James “Barrabás” Hudson, “Támbara” y “el Indio” Solano amanecieron como de costumbre: hambrientos, más desesperados por un cigarro que por un plato de comida, fijos en la idea de dar con un diamante y sin un céntimo.

Fumaron y corrieron a donde el bodeguero en busca de algo de comer. Al otro lado del mostrador, Gilberto Dale no sucumbió. Todavía, hace poco, en una de las pulperías de la mina El Polaco hay uno de esos carteles que indican: “Hoy no fió, mañana sí”.

“A las dos o tres la tarde, de un barranco, en la planada de El Polaco, ya tenían el diamante; eso se hizo voz pública y todo el mundo salió a ofrecerles”, recordó Federico Sáez, dos veces alcalde de la Gran Sabana, en el sureste profundo de Venezuela. Gilberto Dale, un norteamericano, se transformó en el representante de los nuevos ricos.

Sáez llegó a la Gran Sabana en mayo de 1942. “Yo tenía 18 años, nos echamos 37 días de Tumeremo a Santa Elena de Uairén”, hoy el recorrido se completa en cinco horas.

Como él, 59 personas y 60 bestias cargadas subieron la escalera de Sierra de Lema, caminaron las inmensas sabanas con vista al Roraima, al Kukenan y superaron las aguas del Yuruani, del Kukenan, del Uairén.

“Aquí sólo había un carro y era de la misión, un Jeep rojo recuerdo”. Al llegar, varias de las mulas, caballos, burros y bueyes fueron vendidos a los brasileros, los demás continuaron cargados de mercancía hacia La Patria, La Faizca, La Esperanza y El Polaco. “En esta última mina, tuve la dicha de conocerlos a los tres”.

De El Polaco a Nueva York

En 2007, El Polaco era el hogar de ocasión de aproximadamente 300 personas.

El pueblo ocupaba las islas de arena y granza entre las lagunas dejadas por las intervenciones del río Surukun. Desde el aire era un área devastada, rodeada de selva.

Había varias bodegas y una venta de víveres de la Misión Mercal. La escuela estaba pintada de un azul oscuro aceitoso y apenas si tenía cristales en sus ventanas. Las calles eran de tierra y las casas de zinc. Casi todas las barracas poseían antenas de televisión satelital. La basura vagaba a la intemperie.

En 2007, en El Polaco, ya no quedaba ninguno de los contemporáneos de aquellos tres. Algunos se fueron tras las bullas, que es como ellos llaman al mágico en que la tierra “echa” cochanos o piedritas brillantes. Otros murieron. Muchos víctimas del paludismo o curtidos de leishmaniosis, de llagas bravas.

.“¿Qué si era muy grande? ¡Tenía el tamaño de una cebolla pequeña! Pesaba 155 quilates”, gritó Otto Escalante, un comprador de diamantes local, mientras que entre sus dedos índice y pulgar simulaba un rombo.

“Estoy seguro de que las piedras que pasan de un quilate son algo excepcional”.

“Támbara me contó que, cuando lo consiguió, él dijo éste es el fenómeno de El Polaco y lo puso aparte, pero él y el Indio Solano, que eran dos muchachos, tenían la duda de si era o no un diamante”. Lo lanzaban al aire, lo dejaron a un lado y siguieron trabajando. Barrabás, en cambio, volvió al corte, al final de la jornada y rescató la piedra.

Angélica Miranda, una de las mujeres con más años en el sector, una enfermera jubilada, diabética, natural de Ciudad Bolívar, capital estadal, lo recordó: “Era un trompo bellísimo, que lo ponían a bailar así. Lo cierto es que hay una mata de guama y ahí, debajo, un hueco en el que él (Barrabás) se consiguió la piedra”.

El guamo permanece casi suspendido en el aire. Del subte, por donde puede cruzar una persona, habría salido el “Barrabás”, camuflado en su aspecto blanquecino, lechoso.

“De ahí, del hoyo bajo el guamo, se fue pa' Santa Elena. Lo agarraron unos, se lo llevaron pa' Caracas y le entregó la piedra a unos más vivos. Dicen que en una mesa de 13 personas le dieron un martillazo a la piedra. Todo el mundo agarró y el Barrabás se quedó sin nada, nunca vio dinero porque lo que necesitaba se lo daban. Lo que tenía eran más deudas que cualquiera”, relató Miranda.

Se dice que, en Caracas, los mineros y su representante hicieron negocios con la Casa Harry Winston de Nueva York; que la joyera fraccionó la piedra en tres pedazos y que uno de ellos recibió el nombre de Libertador; otro habría parado en manos del actor Richard Burton y luego en el dedo de su amada de ojos violeta, Elizabeth Taylor.

Taylor lo habría lucido por primera vez en un baile benéfico en el Principado de Mónaco. Diez años más tarde, la construcción de un hospital en Bostwana, la llevaría a venderlo en 3 millones de dólares. Donó todo.

Los mineros habrían recibido alrededor de 200 mil bolívares, un monto que apenas les dio para pagar las deudas heredadas del frenesí y alargar los días de bonanza y relajo.

De vuelta
Juvenal Gil, un hombre que al sonreír expone un par de caninos de oro, conoció a “Barrabas” Hudson en Ikabaru, a 120 kilómetros de Santa Elena. “Barrabas” llegó con algo de dinero y el deseo de emprender un negocio o hallar una nueva piedra.

“¿Qué si lo conocí? Este pueblo se fundó en 1948 y yo llegué aquí con seis años. Claro que lo conocí. Era un negro altote, medía casi dos metros y le gustaba jugar barajas, amanecía jugando. Yo le vendía chocolate caliente. Trabajé con él en la mina. Aquella vez el devengó unos 100 mil bolívares. Se casó con Erasma Almeida, tuvo un hijo que llegó a ser general de la Fuerza Armada. Aquí vivió con la señora Fernanda Rueda”.

En Ikabaru, Barrabás se encargó de La Orchila, un prostíbulo.

“Yo trabajé con Barrabás y la señora Fernanda en La Orchila, él vendía cervezas y ofrecía mujeres venezolanas, colombianas y brasileras a los mineros de Ikabarú. Era negro, negro. Se le veían los ojos nada más y, cuando se reía, los dientes de oro. Ya para ese entonces no tenían nada”, contó Ernesto Vergiano, un pemón de Parkupik.

De La Orchila queda una casucha con techo de zinc, revestida con pintura de aceite azul. Los apartados, hechos de madera y bloque, desparecieron.

“Después se quedó solo y se fue a vivir en su casita de la Calle El Dorado, en Tumeremo”, mencionó Juvenal Gil.

De Miraflores a Upata
El sitio web del Municipio Sifontes, del cual es capital Tumeremo, destaca, que en esa ciudad vivió James Hudson, “quien encontró el diamante más grande conocido hasta ahora, del tamaño de un huevo de gallina, al que se le dio el nombre de Libertador, vendido en 150 mil dólares, tallado y fragmentado se dice que es hoy una de las joyas de la Reina de Inglaterra”.

En Tumeremo, todos tienen algo que decir: Que lo invitaban de casa en casa y de taguara en taguara. Que Medina Angarita (el gobernante de aquel entonces) lo invitó a Miraflores. Que asistió con sombrero de pajilla. Que cambió el caballo por un carro negro enorme. Que se casó con una muchacha de buena familia y tuvo con ella un negrito al que llamaban “la piedra de Barrabás”. Qué si Támbara también se casó y alquiló un avión de Aeropostal para gozarse su luna de miel de pueblo en pueblo.

En la calle El Dorado se encuentra la Plaza La Mina, cuya figura central -barbado, bajito, de sombrerito, con pala, batea, suruca y perro- se supone es Barrabás, pero a Pedro Vallés, nativo de Tumeremo, le resulta irreconocible.

“El era un negro altote y este es blanco y bajito. Era un hombre muy risueño, que se echaba unas carcajadas durísimo, como si fuera sordo. Fíjate que el perro parece una cebra. Yo siempre me pregunto quién sería el escultor y por qué no le puso el tabaco”.

“Una vez vinieron unos periodistas, nos pusieron a llenarnos de barro y nos filmaron. Después volvieron y le trajeron unos reales. Con eso montó la taguarita”, relató.

Barrabás pasó sus últimos años en la calle El Dorado, en una casa de bahareque y techo metálico, que entonces era una venta de cerveza y ron, nombrada La Fortuna y ahora una licorería identificada como Los Chaguaramos.

“Yo vi morir a Barrabás, eso debe haber sido en 1992. Prestaba servicios en el área curativa del Gervasio Vera Custodio de Upata”, recordó Asdrúbal Bonalde, enfermero del Hospital Rosario Vera Zurita de Santa Elena. Upata es la capital del municipio Piar.

“Si mal no recuerdo, sufría un problema respiratorio, tendría más o menos 80 años. Yo no sabía quién era, pero los compañeros me hablaron de él. Lo acompañaba un amigo. No tenía ni para comprar los remedios, murió en la inopia”.

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