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26 de enero de 2017

La máquina de coser de mamá


Por Reinaldo Spitaletta

No me gustaba el ruido de la máquina de coser de mamá. Tampoco las quejumbres de ella cuando se reventaba el hilo o se partía la aguja. Era una máquina vieja, que olía a aceite de lubricación. Tenía pedal y el mueble, de una madera fina, tenía dos cajoncitos. Bello entonces olía a algodones, en el aire había partículas que las textileras botaban por las chimeneas, y algunos almacenes vendían retazos e hilos a montón. En casa había bobinas, conos con envolturas de hilos de distintos colores, tubinos, y en otros días, una señora, muy vieja, más que la máquina de coser de mamá que parecía una de las primeras del mundo, cosía a mano colchas de retales, en una labor demorada y sin nada de arte.

Se llamaba Santos y tenía el pelo blancuzco, o tal vez grisáceo. Llegaba descalza a casa y mamá la recibía con chocolate caliente. Se sentaba por horas, con pedazos de telas y cajitas de agujas a los pies. Una vez, mi hermano menor, que apenas gateaba, le chupó el dedo gordo de uno de los pies. La imagen me causó curiosidad y creí que la anciana gozaba con la succión infantil.

Mamá tenía la obsesión de aprender a coser y a cortar. La casa se fue llenando de moldes de papel periódico y de papel de estraza. También de figurines franceses. No sé adónde iba a que le enseñaran técnicas de modistería, tal vez a algún curso de parroquia, pero cada vez que llegaba de una de esas clases, se sentaba a practicar en su vejestorio marca Wilson (en letras doradas sobre el cabezote negro), y, de pronto, soltaba una imprecación, un particular género de insulto, como decir “puñetera máquina”, o “qué máquina del demonio”, que en esos casos de conmoción no le escuché articular, por ejemplo, un “¡hijueputa máquina!”, que hubiera sido lo adecuado. No era señora de malas palabras.

Me parece que nunca aprendió el oficio, ni siquiera a coser con certidumbre y gusto, porque, que recuerde, era más bien “machetera” (un término que ella usaba con frecuencia como sinónimo de chambonería). Así que mejor se hubiera matriculado en clases de canto, que lo hacía bien, a mañana, tarde y noche, menos cuando estaba sentada a la vetusta Wilson. Iba a no sé qué parte de Medellín a comprar las agujas, que poco duraban. La máquina estaba condenada a quebrarlas y no valía la mano de ningún arreglador. Tenía, creo, un desperfecto sin remedio. Como una enfermedad terminal.

No sé por qué nunca quiso cambiarla. Comprar, por ejemplo, una Singer, que en casi todas las casas había una de ellas, con mueble, rueda de transmisión, pedales, cajones y un cabezote más atractivo, con curvas y un diseño dinámico. La Wilson duró años en casa, o, mejor dicho, en tantas casas que habitamos en los calendarios de infancia y adolescencia, por pura gitanería, porque errábamos de barrio en barrio, y aun así nunca se perdió el armatoste, ningún ladrón se enamoró de tal carcacha sin futuro. “Es un encarte”, dirían y el aspecto del trasto los disuadía. Duró hasta que se envejeció del todo en un rincón, mamá la olvidó, nosotros también, y quién sabe cuál fue su destino último. Y como no hay cementerios de máquinas de coser, quién sabe a dónde fue a parar con sus restos.

No hubiera servido, en todo caso, para lucir como una antigualla, hoy que en tantas casas hay muebles y máquinas viejas, como joyas, como una prenda de distinción y caché. Tampoco creo que hubieran dado algún porte por ella si se hubiera decidido venderla como chatarra. Era un exabrupto. Una pobre y desmirriada maquinilla que no sé por qué mamá la quería tanto (y tal vez también la odiaba). Es un misterio. Se ató a ella como si una fuerza secreta o esotérica la atrajera.

Era odioso el artefacto. Siempre lo vi, sobre todo por sus ruidos y apariencia de desconsuelo, como una presencia de fastidio, que se regocijaba con transmitir incomodidades y molestias. No recuerdo si mamá logró alguna vez confeccionar una blusa, una falda, un vestido. Servía la máquina, y eso a medias, para coser camisas que se desbarataban por las costuras. O de pronto, para hacer los dobleces de trapos de cocina.

Además de la poco simpática Wilson quiebra-agujas y revienta-hilos, lo que más detestaba yo eran las colchas de retazos tejidas, o, en otras palabras, pegadas a mano, por la señora Santos. Eran de terminación burda y producían rasquiña. Eran un mosaico ordinario de colorines, con telas diversas (quizá popelinas, coletas, dacrones, zarazas, qué sé yo), costuras bastas, cuya manufactura eran como una suerte de pasatiempos de la viejecita y una posibilidad de mamá tener a alguien con quién conversar, mientras se bebían un café o una taza de chocolate con canela.

Con el tiempo, una pieza de retazos como la de la vieja Santos, se erigió como una atracción en muchas casas, quizá asunto de esnobismo, o de falsa distinción, ya cosidas a máquina y pulidas con decoro. Las que ella hacía duraban años. En canecas de cartón duro con terminados metálicos, mamá las guardaba porque ya no cabían en los escaparates. Allí se arrugaban y pasaban temporadas a la espera de volver a las camas a servir como frazadas o como ropones o cubrelechos sin abolengo. Sí, eran pintorescas, pero me causaban repulsión.

A veces, escucho en el recuerdo el ruido de la máquina de coser de mamá y pienso que ella era feliz con su cachivache de desastre. Bueno, digamos que hasta cierto punto. Había entre ambas una conexión de intimidad, una relación a veces inseparable, a veces de conflicto. Pese a los continuos accidentes de agujas y hebras, ella insistía. Pudo en cualquier momento emprenderla a garrotazos (atrás, en el lavadero, siempre había un manduco para golpear ropa), o darle machete (también había un deteriorado tres rayas Collins en el cuartito de herramientas o a veces dispuesto en algún anaquel de cocina). O salir de ella por venta, por donación, por arrojamiento a la basura… Pero mientras más agujas se rompían, más parecía ella aferrarse a su fuente de desdichas de modista frustrada.

Las modistas de barrio, a cuyas casa mamá a veces me pedía que la acompañara para que le tomaran las medidas para un vestido, tenían máquinas Singer (también eran populares las Sigma; después llegaron las Pfaff, más sofisticadas). Ella les hablaba en ocasiones de la Wilson, y las señoras ponían una cara de estupor o de interrogación. Mamá quería hacer buena fama de la máquina doméstica de ella, mas era tiempo perdido.

En Bello, que entonces tenía esparcidas en el aire minúsculas partículas de algodón, había almacenes de repuestos de las Singer. Mamá siempre tenía que ir a una agencia en Medellín a conseguir las agujas, carretes y otras piezas de su desventurada máquina en la que nunca pudo coser nada con dignidad y finura.

No sé cuándo desaparecieron para siempre las colchas de retazos de la vieja Santos ni cuándo se esfumó la Wilson de mamá. Eran elementos que me transmitían una dolorosa insatisfacción con el mundo doméstico, con el limitado ámbito del hogar, que, después de todo y con todo, es parte entrañable de lo que se denomina patria.

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