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13 de agosto de 2016

LALAURIE: LA MANSIÓN DEL HORROR, CONOZCA LA VERDADERA HISTORIA


AMADO CARBONELL SANTOS

Muchas veces, después de haber visto las noticias emitidas por televisión, e intentando asimilar todo lo que nos han mostrado, nos preguntamos hasta que punto puede llegar un ser humano para satisfacer sus más bajos instintos...

Norteamericana de Nueva Orleans, un lugar donde las gentes provenientes del norte de Estados Unidos, Europa y África, residían en un crisol de culturas y creencias tan intenso, que muchas veces las reyertas étnicas se sucedían con demasiada frecuencia. Pero esto cambió a principios del siglo XIX, cuando una nueva familia acaudalada decidió asentarse en una de sus calles más concurridas, la cual años después sería conocida como uno de los referentes más importantes dentro del ámbito de la parapsicología estadounidense. Pero lo mejor es que comencemos por los inicios de la leyenda...

A mediados de 1832, el conocido médico y cirujano francés, el Dr. Louise Lalaurie y su esposa Delphine Macarthy, una mujer que pronto sería conocida como Madame Lalaurie, adquirieron la mansión que se asentaba en 1140 de la Calle Royale, una de las calles céntricas de Nueva Orleans. La llegada de aquellos nuevos y acaudalados vecinos no tardó en hacerse notar entre las desconfiadas gentes de la ciudad.

Las fiestas y cotillones que se celebraban hasta altas horas de la madrugada y las cenas en compañía de las personas más distinguidas de la zona, eran la noticia más comentada por todos. Al parecer, los Lalaurie sabían muy bien como cuidar de todos sus invitados, que días después del evento, seguían alardeando ante conocidos y amigos de su magnifica velada en la gran mansión de la calle Royale, donde Madame Lalaurie y su esposo habían sido unos anfitriones de excepción, que contaban con la dotación de una veintena de sirvientes que eran íntegramente de raza negra; los cuales, bajo las órdenes de los Lalaurie, intentaban complacer en todo lo posible a sus mejores amigos e invitados.

Poco a poco, Madame Lalaurie se iba convirtiendo en una de las mujeres más conocidas, influyentes y envidiadas de todo Nueva Orleans. Nadie en su sano juicio, habría pensado que bajo aquella imagen de dama culta, sofisticada y distinguida, se ocultaba una persona perversa y macabra; muy asidua a propinar duras palizas, y tratos denigrantes a sus sirvientes.

La mínima falta era el detonante perfecto para encadenar a una de las criadas a la chimenea de la cocina en pleno verano, o propinar duras palizas a los criados por no doblar correctamente sus trajes de gala. Aquella casa se había convertido en un infierno para todas las personas que llegaban a trabajar en ella.

Algunas de las vecinas se habían fijado en que los Lalaurie cambiaban constantemente de criados. En una de las veces, en poco más de dos semanas, habían empezado a trabajar seis mujeres y dos hombres nuevos en la casa, siendo lo que más extrañaba a los testigos de estos hechos, que los criados que habrían sido despedidos, jamás salieron de aquellos muros.

Los gritos y chillidos de dolor de los esclavos comenzaron a escucharse incluso a varias manzanas de distancia, haciendo que las gentes se reunieran frente a la mansión alarmados por aquel sonido tan desgarrador.

Una de las primeras leyendas que se contaban de este lugar, es que uno de los residentes que vivía cerca de la casa de los Lalaurie, pudo ver como Madame Lalaurie corría por una de las terrazas del tercer piso con una fusta en sus manos, mientras trataba de alcanzar a una joven sirviente que huía despavorida de ella, para finalmente tropezar con uno de los baldosines y caer al vacío. La caída de casi diez metros de altura, provocó que la joven muriera en el acto sobre los adoquines de la calle Royale. Y pensando que nadie había visto tal atrocidad, Madame Lalaurie ordenó a dos de sus esclavos que enterrasen de forma disimulada los restos de la muchacha en los jardines de la casa.

Este fue uno de los primeros hechos que hizo dudar a los vecinos de la apariencia amable y apacible de aquella simpática pareja, los cuales fueron automáticamente denunciados a las autoridades.El juez determinó que los Lalaurie debían vender a los esclavos, pues al haber sido víctimas de unos actos tan denigrantes, lo mínimo que debían hacer era darles la posibilidad de servir en otra casa, lejos de ellos. Pero en un acto de rabia y rencor, Madame Lalaurie vendió los esclavos a unos familiares que vivían cerca de Nueva Orleans, y que a los pocos días se los devolverían a altas horas de la madrugada para que los vecinos no pudieran distinguir sus rostros, evitando de este modo nuevas denuncias contra ellos.

Los amigos e invitados de los Lalaurie dejaron de asistir a sus fiestas y cenas, evitando las habladurías de los vecinos, que tenían bien vigilados los muros de aquella enorme y oscura mansión, esperando con cierto morbo, que un nuevo escándalo protagonizado por los Lalaurie viera la luz. Fueron pasando las semanas, y la aparente tranquilidad había vuelto a la calle Royale...

Pero aquella tranquilidad no fue más que una quimera ideada por la propia Madame Lalaurie, la cual amordazaba a los esclavos y criadas cuando les azotaba con la fusta y el látigo, de este modo evitaba que los gritos de dolor se escuchasen de nuevo en las calles de Nueva Orleans. Llegando a un punto que incluso la cocinera era azotada sin piedad junto a la chimenea. Hasta que un día, un incendio comenzó a devorar toda la estructura y los muebles de la mansión, haciendo imposible controlar las llamas que avanzaban piso a piso con gran rapidez. Se dice que dicho incendio fue provocado por la cocinera, harta de sufrir las vejaciones que su ama le propinaba tan gratuitamente.

Los bomberos no tardaron en llegar a la calle Royale, en la cual comenzaron a bombear agua en las zonas bajas de la estructura antes de que pudiera verse afectada por el fuego y derrumbarse. Una vez sofocado el gran incendio, los bomberos accedieron al interior de la residencia, que estaba totalmente tiznada de negro por el fuego y el humo, tratando de encontrar algún superviviente que pudiera haber quedado rezagado en su interior.

El verdadero horror de la mansión Lalaurie se desató cuando los bomberos llegaron al tercer piso y abrieron una puerta camuflada en la pared. El rostro de los hombres se desencajó ante la dantesca visión que se extendía frente a ellos. Los cuerpos de hombres y mujeres desmembrados se extendían sobre las mesas de operaciones de la sala, algunos con la boca cosida, otros con los ojos extraídos de sus cuencas y conservados en recipientes de formol.

Miembros amputados, infectados de gusanos e insectos, provocando que la estancia se llenara de un olor a muerte tan nauseabundo, que muchos de los voluntarios que entraron a buscar supervivientes, no pudieron evitar vomitar directamente en el suelo. Algunos de los esclavos que estaban postrados en el suelo ensangrentado, habían sido operados para practicarles un cambio de sexo, que finalmente había terminado por contraer severas infecciones y provocarles una larga y dolorosa muerte. Dedos con uñas arrancadas, párpados cosidos, mujeres todavía con vida y con sus entrañas sobre sus propias manos, desangrándose a la vez que intentaban pedir ayuda.

Finalmente, al otro lado de la habitación, se hallaban colgadas del techo algunas jaulas de hierro donde todavía había esclavos con vida esperando su turno de martirio y dolor, los cuales fueron liberados inmediatamente por los bomberos, mientras rompían a llorar cuando salían a la calle, siendo conscientes del infierno que habían sufrido dentro de aquella lúgubre y oscura estancia.
Mientas las filas de esclavos iban saliendo de la casa, el sonido de unos cascos se alejaba apresuradamente de la escena. Los testigos afirmaron ver a los Lalaurie montar en su carruaje y salir huyendo del lugar, para no volver a la ciudad nunca más. Pues nunca más se supo de Madame Lalaurie y de su reputado esposo.

Pocos años después, la casa fue usada como refugio para vagabundos que decidían cobijarse del frío y las inclemencias del tiempo. Lo que no sabían es que muchos de ellos solo habían podido soportar una noche en aquella enorme casa. Decían que los muebles y las sillas se movían formando un gran estruendo en el primer piso, gritos y susurros provenientes de la zona baja les hacia estremecer, y finalmente, las sombras con la silueta de una mujer que se detenía ante ellos, como si les observara con odio y rencor, invitándoles a marcharse de aquella casa en la que el mal y el dolor estaba presente en todas y cada una de sus habitaciones.

Algunos voluntarios del ayuntamiento, expusieron que la gran mansión situada en el 1140 de la calle Royale podría ser un perfecto colegio para las niñas de la ciudad que no pueden permitirse un colegio de pago. Por votación, los ciudadanos lo vieron como una gran idea y aprobaron la propuesta. Las obras de acondicionamiento no duraron mucho, pues los daños producidos por el gran incendio no fueron tan graves, y únicamente tuvieron que limpiar y pintar las paredes de los dos primeros pisos, montando algunas mesas adecuadas para poder dar clase.

Los primeros días de colegio, eran una gran alegría tanto para las niñas como para sus profesoras, pero aquella sensación de felicidad y nuevos propósitos, fue mermando con el paso de las semanas. Las niñas que querían utilizar los aseos, tenían miedo de salir de sus clases, pues les decían a sus maestras que un hombre con traje negro no dejaba de mirarlas desde las escaleras.

Incluso las propias profesoras se quejaron de que los elementos de clase se movían a su voluntad, cambiando de sitio los libros y las tizas; cuando llegaban a primera hora de la mañana, había nombres, dibujos extraños y grabados dibujados en las pizarras, sabiendo que cuando habían salido todas del edificio el día anterior, las pizarras estaban completamente limpias.

Al final decidieron abandonar el colegio; decían que los espectros que lo habitaban hacían imposibles las clases, acosando tanto a niñas como a docentes, habiendo aguantado únicamente el plazo de un mes dentro de aquel enorme y tenebroso edificio, dejándolo de nuevo abandonado durante algunos años más. Momento en el que un empresario decidiera comprar la mansión y acondicionarla de tal forma, que pudieran arrendarse sus enormes estancias como apartamentos individuales.

Lamentablemente el negocio no duró demasiado. Los inquilinos se quejaban de que los gritos y lamentos que escuchaban durante la noche no les dejaba descansar, incluyendo las extrañas presencias que veían caminar a lo largo de los pasillos, y que posteriormente se difuminaban al llegar a la pared. Los definían como mujeres vestidas con ropajes de mediados del siglo XIX.

El dueño del edificio se extrañó mucho cuando escuchaba las quejas de sus inquilinos, y simplemente lo atribuyó a las tuberías o al suelo que ya eran bastante antiguos, los cuales sería conveniente sustituirlos, esperando que aquellos sonidos molestos acabasen.

La gran sorpresa llegaría cuando los obreros levantaron el suelo del tercer piso, dejando al descubierto más de setenta y cinco esqueletos, tanto de hombres, mujeres y niños, que seguramente Madame Lalaurie había enterrado allí hace más de cien años, después de haberlos torturado cruelmente. Algunos de aquellos cuerpos, mostraban marcas de cortes profundos, e incluso les faltaba algunas de sus extremidades.

A raíz de esto, los cuerpos fueron exhumados y el edificio clausurado por el ayuntamiento de manera indefinida. La calle Royale fue convirtiéndose en un reclamo para los amantes del misterio de mediados del siglo XX; donde algunos de ellos lograban colarse dentro de la mansión, para volver a salir a los pocos minutos porque el ambiente que había dentro de ella, era casi insoportable.

Según los investigadores que conseguían acceder a sus estancias, la definían de esta manera: "La sensación de pesadez y de ser observado por mil ojos, te golpeaba desde el primer momento que ponías un pie en ella".

A finales de abril de 2007, el conocido actor y productor californiano, Nicolas Cage, logró adquirir la gran mansión a través de la prestigiosa inmobiliaria Hancock Park Real State Company, que había adecuado la casa para que volviera a hacer la función de un hogar familiar, y que habría vendido al actor por 3,5 millones de dólares. La familia Cage residió en la casa durante varios años, utilizándola como zona de descanso para el actor, el cual decía que las leyendas que existían sobre aquel enorme edificio eran ciertas, pero que no le molestaban las presencias y los sonidos. Según decía, le daban encanto a la casa, la hacían más personal e interesante.

Tristemente, la mansión salió a subasta en noviembre de 2009, la cual fue el desencadenante de una ejecución hipotecaria bancaria, y que los Cage no pudieron hacer frente, siendo finalmente adquirida por una financiera sita en la propia ciudad de Nueva Orleans, la Regions Financial Corporation que pagó por ella una suma de 2,7 millones de dólares. A día de hoy, todavía no han conseguido vender completamente el inmueble, pues únicamente algunos personajes adinerados han logrado adquirir algunos de los apartamentos reformados.

Afortunadamente, si llamamos para pedir el permiso de la propia financiera y pagando un módico precio de 30 dólares, tendremos la posibilidad de acceder al interior de la gran casa Lalaurie y realizar las visitas e investigaciones que deseemos, durante un día y una noche completos en la estancia que elijamos; incluida la tenebrosa sala de torturas de la tercera planta.

¿Nos acompañan...?

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