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6 de septiembre de 2017

EL VERDADERO FINAL DEL "NOVILLO PAIVA" - Capitulo 5-12


Gimnasio Leopoldo Márquez, llamado también El Poliedrito; ocho de junio de 1981. El puertorriqueño Julio Morales había registrado en la balanza 135 libras y tres cuartos, algo así como 61 kilos. Santiago, forzado a aumentar un poco su peso ideal para no presentarse con una desventaja demasiado amplia de kilos, pesó 59 con 900 gramos. Todavía le llevaba algo de ventaja el puertorro.

Cuando estábamos en el vestidor, antes de salir al ring, Vergara le dio las instrucciones básicas de siempre, le recordó las generalidades. Luego lo abordé yo mismo para darle nuevas recomendaciones. No era ningún desperdicio hacer de vez en cuando el papel de second útil para algo, de hermano preocupado de veras. Le dije que había visto al tal Morales en el gimnasio y que no era la gran verga de Cristo, que era más bien un gordito entusiasta aunque tanto o más lento que él, pero había que tener mucho cuidado con su upper y con ese gancho de derecha.

Le aconsejé que olvidara, al menos en esta pelea, el tecnicismo consistente en pegar fuerte a los costados para restarle velocidad en las piernas al enemigo y ablandarlo por debajo antes de rematarlo. No, la grasa del abdomen del sujeto iba a amortiguar muy bien la mayoría de los impactos, y además me constaba que Morales no había venido a bailar ni a correr en el cuadrilátero. Era hombre de pelea, de toma y dame y nocaut fulminante. Le recomendé que, en lugar de ello, golpeara en los hombros, en esa zona donde se juntan los hombros con las clavículas. Vergara me dijo desde el otro lado de la habitación que no confundiera al muchacho con ideas locas, pero yo insistí: "Cuando estén en la pelea adentro, en el cuerpo a cuerpo, pégale en el hombro derecho. Ese golpe no da puntos, no es espectacular, pero te aseguro que funciona, le tumba los brazos al otro, se los duerme. Eusebio Pedroza lo hace. Y Thomas Hearns, y Argüello, y Benítez".

Alguien llamó a la puerta del vestidor y anunció que era el turno de la pelea de Santiago. Hora de salir a la arena.

"Señores, buenas noches", tronó a un lado del ring el narrador emblemático del boxeo venezolano, Miguel Thoddé. No dejó de impresionarme el hecho. La voz de Thoddé y su ya famosa expresión de "Buenas noches" para indicar que un peleador podía perder por nocaut o ya estaba fulminado –y también como recio y lacónico saludo al comenzar las transmisiones, como en esa ocasión– había sido oída en peleas históricas, de gran envergadura, en varias del Morocho, Antonio Gómez, Marcano, Rondón, Betulio González. Ahora por primera vez se preparaba para narrar por Venezolana de Televisión un combate de Santiago Leiva, el Ligero Júnior que hacía delirar al público venezolano con su fuerza y sus condiciones. Tuve un nuevo ataque de vergüenza, pero hice el mejor esfuerzo por soportar todo aquello. Para esta pelea las condiciones eran otras, el hombre a derrotar estaba allá, en la otra esquina. En este combate era preferible ver ganar a Santiago.

En la esquina contraria apareció Julio Morales, sudado, brillante de grasa, amenazante en su expresión de Charles Manson sin escrúpulos. El Manoenlabola y Bud Spencer lo acompañaban, eran sus seconds. Al verme, Bud hizo "Psch" y Manoenlabola le hizo honor a su nombre y se llevó su mano a la bola izquierda.
El anunciador oficial hizo las presentaciones de rigor. Yo pude escuchar cuando Thoddé se refería a Santiago.

–Este muchacho tiene eso que llaman una pata de mula. Hombre que se deja tropezar por una de sus manos se va directo y sin escalas a la lona. Pocas veces se encuentra uno a un peleador de las categorías bajas con una pegada tan mortífera. Es común ver esa cualidad en un peso mediano, un semipesado o un peso completo, pero resulta que este jovencito es apenas un Ligero Júnior, tal vez un Pluma pasado, y ha metido unos nocauts de fábula una y otra vez, como si fuera la cosa más natural del mundo. Miren esos brazos. Miren ese pecho. Miren esa cara. Esa es la estampa de un campeón. No lo pierdan de vista. Pongan atención. Cuando choca un guante contra el otro suena como si estuvieran chocando dos ballenas. Roberto Riveiro tiene sus numeritos.
Roberto Riveiro, el hombre de las estadísticas y los números, a quien llamaban La Biblia del Boxeo, respondió a su lado:

–Santiago Leiva nació el 29 de abril de 1959 en Río Chico, estado Miranda, pero vive en La Guaira desde que tenía cinco años. Ha realizado seis combates, está invicto y tiene cinco nocauts. En el boxeo aficionado no tuvo una campaña muy rica, pero en sus peleas como profesional ha dado muestras de un poder impresionante. Su rival de esta noche, Julio Morales, nació en San Juan de Puerto Rico en 1957. Tiene 10 peleas, ha ganado siete y ha perdido tres, pero tiene seis nocauts. Así que la pelea no es fácil, es el clásico choque de trenes, dos hombres que lo único que saben hacer sobre el ring es avanzar sin dar cuartel. Vamos a ver quién pega primero. Yo creo que esto puede terminar por nocaut muy rápido.

–Bueno, allí los tienen. El puertorriqueño no es ningún corderito. Leiva es un trueno marino. Un auténtico trueno del litoral. Los entrenadores y los seconds salen del ring, suena la campana y comienza la pelea. Este es el primer round de la primera pelea estelar, pautada a diez asaltos. Leiva se planta en medio del ring, Morales se acerca, ensaya con una izquierda y falla. Leiva lo mide, Morales parece bastante más corpulento que él y su récord indica que pega duro. Leiva ataca con la derecha, falla también, queda un poco fuera de balance. Morales lo busca, los brazos de los dos peleadores se enredan, prefieren amarrarse, el árbitro interviene para separarlos. Morales gira hacia su derecha, amaga con la izquierda, lanza la derecha y llega a medias. Leiva lo toma con calma, sigue plantado en medio del ring. Hay que tener en cuenta que su rival es más pesado que él, tal vez por eso no se atreve a... ¡Tremenda mano! ¡Bárbara la derecha del Trueno del Litoral! ¡Buenas noches, señor Morales! ¡Buenas noches!

La derecha de Santiago acababa de formar un abanico que para efectos de la jerga boxística podría ser un gancho, pero en realidad fue una especie de aspa de ventilador que salió de algún lugar de su cuerpo y reventó en el pómulo izquierdo de Morales. El borinqueño cayó de espaldas, esperó que le contaran hasta seis, se incorporó con cierta lentitud, sacudió la cabeza y respondió con firmeza que sí cuando el réferi le preguntó si quería continuar. No parecía demasiado afectado, pero cuando se reanudó el combate dos chorros largos de sangre le salieron de la nariz. Aún así salió al ataque, era todo un hombrecito. Miguel Thoddé se dio un gustazo con la continuación de la pelea.

–El público se pone de pie. El puertorriqueño ataca, ¡golpea fuerte con la derecha! ¡Han tocado a Santiago Leiva! ¡Peligro! ¡El borinqueño está vivo y está mostrando su potencia y su velocidad de manos! ¡Leiva se agarra! ¡Está tocado!
Un ligero descuido de Santiago lo había hecho recibir aquella mano en el centro de la cara y estaba acusando el castigo. Aspiró aire, se recompuso, trató de retomar la iniciativa.

–Leiva esquiva esa izquierda, creo que está doblando demasiado el tronco. ¡Pega la derecha! ¡a la lona otra vez el puertorriqueño, parece que ahora sí está listo!

Pero la campana decretó el final del round, justo cuando Morales caía sentado producto de un derechazo corto a la barbilla. El puertorro llegó tambaleándose a su esquina, y allí lo reanimaron colocándole sales de amoníaco bajo las fosas nasales. Santiago tampoco estaba muy bien, la derecha de Morales le había producido un pequeño corte en el pómulo izquierdo, se veía mareado, resoplaba y las piernas le temblaban un poco. Bendita eventualidad, la falta de piernas. Vergara le aconsejó que dejara los escrúpulos y fuera a buscarlo, que la orden era salir a matar lo más pronto posible porque ese tipo pegaba demasiado, y pesaba como un toro. No podía dejar que se recuperara. Miguel Thoddé siguió narrando las acciones.

–Suena la campana para el segundo round. Santiago Leiva corre hasta la esquina de Morales, el puertorriqueño lo recibe con una derecha y una izquierda que se pierden en la guardia del venezolano. Leiva contragolpea, esa derecha roza la cara de Morales. El público permanece de pie, Leiva ensaya con un upper de derecha pero Morales lo bloquea. Morales castiga fuerte con la izquierda a la cabeza, Leiva se detiene, ¡otra izquierda de Morales!, parece ser muy franca la guardia de Leiva por ese lado. El venezolano lanza el recto de derecha, pega la izquierda, pega la derecha, ¡tremenda izquierda! ¡El protector del borinqueño vuela por los aires! ¡La derecha! ¡Otra izquierda de Leiva! ¡El árbitro detiene el combate! ¡Ahora sí! ¡Adiós, Borinquen querida! ¡Buenas noches, señor Morales, buenas noches!

Una combinación caótica pero con toda la potencia de Santiago hizo que la cabeza de Morales bailara sin control dos, tres, cuatro veces al compás de cada impacto, y el árbitro se apresuró a detener la masacre. Los seconds y el entrenador de Morales y el médico de la Comisión de Boxeo subieron al ring para atender al púgil, que caminó tres pasos hacia su esquina, sólo por reflejo, antes de desplomarse con los ojos vidriosos y dos grifos de sangre abiertos en la nariz y en la ceja izquierda. Santiago acababa de completar siete victorias y continuaba invicto, con seis nocauts.

Después de decretarse la victoria de Santiago Leiva un reportero del canal 8 lo llamó para entrevistarlo. Unas luces lo enfocaron, la cámara tomó por primera vez un close up suyo después de una pelea y, también por primera vez, alguien se dirigió a él como El Trueno; el apodo improvisado por Miguel Thoddé tuvo suerte y habría de acompañar a Santiago para siempre, o al menos durante su tiempo de gloria. El Trueno del Litoral. Qué basura. Un nombre tan sonoro para un carajo que nada más sonaba cuando comía, o en las noches, cuando roncaba o dejaba escapar sus gases de alcantarilla.

Le hicieron las mismas preguntas estúpidas de siempre: qué le había parecido el rival, cuándo se sintió triunfador, "¿Te dolió alguno de sus golpes?", infeliz, claro que duelen los golpes. Luego, cuando hablaron del futuro, el resentimiento y la obstinación de Santiago le hicieron cometer una impertinencia: "Bueno, ya gané esta pelea, ya complací al gordo Rafito, ahora que cumpla él. ¿Cuándo me van a traer a Samuel Serrano?". El entrevistador le recomendó que tuviera paciencia, "Las oportunidades no llegan tan rápido y Serrano tiene otros compromisos. Tienes que aprender a esperar". La molestia que le causó el consejo del periodista lo hizo incurrir en dos nuevos errores en una misma oración, al despedirse: "Bueno, un saludo a la afición venezolana y también al señor Rafito, donde se encuentre. Acuérdese que yo necesito pelear, necesito plata".

Error uno: el acoso al empresario Cardona. Error dos: en medio de la turbación se le había olvidado enviarle un saludo a mamá Micaela –eso deben hacerlo todos los boxeadores, saludar a su mamá– con lo cual a ella se le reforzó la idea de la ruptura de relaciones. Su hijo la estaba mandando al mismísimo carajo, por omisión.

Un día después del programa el empresario Cardona ofreció una recepción para sus colegas y visitantes de Puerto Rico en el hotel Caracas Hilton. Un mensajero suyo se había acercado al vestidor, justo después de la pelea, y había dicho que Rafito nos invitaba al brindis. Seguramente el empresario se alarmó al escuchar a Santiago expresarse con aquella amargura y quería aclararle algunas cuestiones. Era lógico, era natural. Uno de sus pupilos en ascenso se le estaba sublevando y había que halagarlo un poco para hacerlo volver al carril.
El entrenador Vergara dijo que no podía o no quería ir a aquella recepción. Yo, por alguna razón, o por ninguna, o por miles de ellas, sí sentía la necesidad de acompañar al recién bautizado Trueno del Litoral a su presentación en sociedad. Así que el martes lo fui a buscar a su rancho. El cargaba el blue jean menos destrozado que pudo encontrar bajo las ollas y los vasos llenos de café de Mojondemomia, y un suéter de esos que llaman cuello de tortuga, de color verde. Yo, por mi parte, saqué de un cajón mi mejor camisa a cuadros y mi mejor pantalón de pana, un par de prendas muy elegantes, sí, pero diez años atrás.

Llegamos al hotel a eso de las ocho de la noche. Bajo esas lámparas, caminando por esos pasillos, en medio de aquellas personas, Santiago y yo nos sentíamos tan cómodos como un par de ovejas en la jaula de los tigres. Al fin vimos a lo lejos el salón donde sería el encuentro y nos acercamos. Dos hombres que custodiaban la entrada nos dijeron que el albergue de los mendigos quedaba afuera, a dos cuadras del hotel. Entonces se operó un prodigio, un milagro de película. Desde el centro del salón se escuchó un alarido que era mitad júbilo, mitad orden terminante: "¡Se volvieron locos, vergajos! ¡Cómo no van a dejar entrar al campeón Santiago Leiva!", y la figura obesa –muy bien trajeado pero con unos ademanes y un hablar de tahúr– de Rafito Cardona se abrió paso entre los invitados para venir a estrecharle una mano y colocarle un trago de whisky en la otra al peleador estrella. A mí me permitieron también entrar por ser el acompañante del campeón. Conseguir un trago de whisky me costó un poco más, y conseguir quien me estrechara la mano ya fue imposible.

A Santiago lo arrastraron por varios rincones, se lo presentaron a varios grupos y personajes. Aparte de él había otros boxeadores en la reunión, entre ellos Fulgencio Obelmejías, Bernardo Piñango y Rafael Oronó. Después supe que a algunos de los peleadores de la cuadra de Rafito los hospedaban en las residencias Anauco Hilton, una extensión del hotel. Malos peleadores, buena vida.

Más tarde, Rafito llamó aparte a Santiago. No aguanté las ganas de acercarme a ellos, y lo hice. De todas formas alrededor de los dos se formó una rueda de escuchadores sin voz ni voto en el diálogo. El tema de la conversación era, increíblemente, la obsesión de Santiago con Samuel Serrano. Rafito le pidió que se calmara, porque había un problema. La próxima defensa de Serrano era contra Leonel Hernández, ese viejo y experimentado batallador, y si ganaba ese combate con seguridad ya tendría otro en mente o a punto de ser firmado, casi nunca ocurría que un campeón le diera dos oportunidades seguidas a dos peleadores del mismo país. Además, por ser un campeón tan vulnerable, era muy solicitado por los 10 peleadores que figuraban en el ranking, es decir, los que tenían derecho a un combate titular, y Santiago ni siquiera figuraba en esa lista. Así que de momento era imposible firmar una pelea con él, eso estaba fuera del alcance de la habilidad de Rafito. Otro problema, que Cardona se aseguró de explicar en voz muy baja, mirando hacia los lados.

–Aquí en esta misma reunión están los manejadores de Serrano. Ellos te vieron pelear anoche y se echaron a temblar. ¿Tú crees que quieren arriesgarse a que tú le arranques la cabeza al campeón?

–¿Entonces para qué tanto joderme si nunca voy a pelear por el título? –dijo Santiago desconsolado. Rafito quiso parecer generoso y lo animó con una promesa desproporcionada.

–No va a ser tan rápido como tú quieres, pero te prometo que en dos meses estás en el ranking, y antes de terminar este año te consigo una pelea por el título. Pero tienes que seguir ganando. Tengo dos peleas para ti en junio, y te vamos a subir ese sueldo. La semana que viene te fajas contra José Rosso. ¿Qué te parece? ¿Lo vas a dejar vivo? No te vuelvas loco, esto se va a poner bueno.

Santiago volvió a la vida, brindó por eso y se tomó un trago largo. Entonces Cardona le hizo la propuesta:

–¿Por qué no te vienes a vivir aquí, en este hotel? Aquí tengo ubicados a varios muchachos. Vas a tener comida, piscina, un buen gimnasio, una buena cama.
La respuesta de Santiago, un poco tartamudo ya con el primer trago de whisky, fue celebrada con aplausos por varios aduladores y por el mismo Rafito, y habría de ser citada muchos años más tarde, cuando los periodistas se empeñaban en compadecerlo como a una víctima del monstruo que era su hermano, Gerardo Leiva:

–Quédate con tu frío de mentira, gordo. Yo me quedo con el calorcito de verdad de la playa.

A esa playa que la simpleza de Santiago prefirió antes que al aire acondicionado del Caracas Hilton llegamos en la madrugada del miércoles. En Macuto, mi viejo escenario de conquistas, revolcones y perdición, nos atacaron las ganas de caminar por la playa, y fue lo que hicimos. Santiago, que estaba borracho hasta las cejas, hablaba sin parar, no se cansaba de referirse a Samuel Serrano como al regalo más lindo para un retador con coraje. "Tú lo viste, Gerardo, tú lo viste. Es una mamita. Ese hombre es una mamita", decía. Le di la razón. Seguro que sí, le dije. Samuel Serrano era un lagartijo, un pedazo de gafo, un minusválido.
Dejé que su fantasía cobrara forma, que el hambre de gloria le hiciera chorrear saliva. Aproveché ese momento de euforia, esa inconsciencia, y entonces lo hice: saqué del bolsillo unos gramos de polvo, halé duro por esa nariz. Después le ofrecí. El se rió con esa risa boba de siempre, miró la montañita blanca unos segundos y de pronto le cayó encima con unas ganas tan dramáticas que casi me sentí mal por no haberle ofrecido antes. Así quería verlo, con la nieve de los atorrantes en el cerebro. Estaba ansioso por ver cómo reaccionaba cuando bajara del ensueño.

Le dije que se olvidara de la pelea contra Serrano. Era más fácil y más realista esperar un combate contra el otro campeón, Cornelius Boza Edwards, un ugandés con dinamita en las manos, pero con él Rafito no podía hacer nada porque era el monarca del Consejo Mundial de Boxeo, y los tentáculos del empresario se movían sólo en la Asociación Mundial. Además estaba en el medio la pelea contra Leonel. ¿Cómo estaba tan seguro de que Leonel Hernández no iba a aprovechar primero que él esa ganga?

Le expliqué que en todas partes del mundo el negocio funciona como Rafito hacía funcionar el suyo. Los empresarios como él sólo quieren explotar un poco a sus pupilos, hacerlos crecer como la espuma para atraer gente a los programas de boxeo. Los halagan un poco, los ponen a combatir contra bultos sin agallas, contra paquetes, mientras que a otros, los consentidos, les reservan los combates que mejor los pueden promover en el exterior, los hacen foguearse de verdad para elevarlos hasta el ranking cuando nadie se lo espera, y luego venían los chances titulares y toda esa paja. En el caso de la categoría de Santiago, el verdadero consentido de Rafito era ese tal José Rosso. Ese tipo, que también andaba invicto (ocho peleas, sin derrotas, con cinco nocauts) había sido llevado con más cuidado pero también con más firmeza. ¿No era verdad que Rosso venía de cumplir campaña en República Dominicana, mientras a él lo tenían protagonizando peleas sabaneras en Caracas?

–¿Por qué piensas tú que de pronto te pusieron a pelear contra un peso Ligero, el gordo Morales, y ahora te llevan a pelear en Ligero Júnior? ¿No se ve muy claro que te quieren sacar de forma, descontrolarte el peso? ¿No te das cuenta de que vas a pelear contra Rosso, el mejor Ligero Júnior joven que queda en el país, pero primero tienes que bajar unos kilos en menos de una semana? ¿No te parece que has ganado muy fácil y eso es parte del plan? ¿Hacer que te sientas una estrella para fabricarte un nombre más o menos sólido, para que la gente se entusiasme y vaya a ver cómo te revienta a coñazos el verdadero ídolo de la cuadra? ¿Y esos whiskys? ¿Rafito te los brindó porque eres su amigo del alma o porque quiere que estés fuera de forma cuando pelees con su pupilo? ¿No te parece lógico que el lunes, cuando te toque fajarte con Rosso, éste va a bailar toda la noche en ese ring hasta que te canses, te va a obligar a ir más allá del sexto o séptimo round, donde nunca has llegado, y te va a fulminar como a un pendejo cuando le dé la gana? ¿Y si la pelea llega a decidirse por votación de los jueces, no crees que ya todo está arreglado para darle la victoria a Rosso, así le des una paliza? ¿No te diste cuenta de que te están haciendo como a los cochinos? ¿Engordándote para sacrificarte y llevar a Rosso con toda calma hasta el campeonato del mundo?

Santiago hizo un gesto de fastidio, después soltó una lenguarada sin sentido, se apartó de mí a manotazos y corrió hasta la avenida. Entonces comenzó a llorar a gritos. Lo seguí desde lejos, me sentía desahogado y feliz. Cuando llegué a la avenida principal vi un espectáculo de lo más interesante. Santiago se había quitado toda la ropa y se había lanzado a correr por el medio de la vía, en sentido contrario al de los carros. Nunca en mi vida había rogado tanto por ver aparecer a una patrulla de la policía.

Frenazos. Gritos indignados. Ladridos de perros furiosos. Alguna carcajada. Bellísimo espectáculo.

Ese miércoles, por supuesto, no fue al gimnasio, y tampoco lo encontré en el rancho de Mojondemomia. Cuando comenzaba a imaginarme lo peor –lo mejor–, busqué a Micaela, y ella me contó.

–Por ahí vino en la madrugada, antes que tú. Estaba hecho polvo. Creo que lo robaron. Andaba desnudo y cargaba unas sábanas encima.

Esperé que me dijera algo más. No parecía muy interesada en decírmelo.

–¿Te dijo algo?

–Nada. Cogió una ropa tuya y se fue otra vez.

Entre el jueves, cuando por fin apareció, y el lunes, día de la pelea con Rosso, casi ni me dirigió la palabra. Se dedicó a entrenar suave, según recomendación de Vergara, y por primera vez en la vida hizo un esfuerzo por salir a trotar el tiempo establecido. El pánico le había dado por prepararse a fondo, pero ya no había mucho que hacer. Faltaban cuatro días para el combate y tenía apenas tres para entrenar. Y debía aprovecharlos para bajar el kilo que le sobraba, nada de ensayar tácticas que no hubiera aprendido hasta ese momento.

Las veces que me acerqué a él bajaba la mirada y se apartaba hacia otro lado. Ni me dio las gracias cuando le devolví su cartera con sus papeles. Yo lo dejé en paz, quería ver si él mismo se acercaba para decirme algo. No lo hizo, pero el lunes, cuando me preparaba para subir a Caracas, estaba esperándome en la parada del autobús. Me preguntó cómo lo había visto, quiso saber si había hecho algo indebido en casa de mamá Micaela. Su molestia no era conmigo, sino con su propia inmadurez, y esto me tranquilizó. No dejé pasar la oportunidad para devastarlo anímicamente todavía más.

–Ve olvidándote de volver para allá. Me dijo que le pegaste. Tuve que convencerla de que no te denunciara en la policía.

Volvió a bajar la cabeza. Después, guardó silencio hasta que llegamos a Caracas.

Le reiteré mi apreciación sobre Rafito, según la cual ese señor sólo lo había llevado hasta allí para convertirlo en un payaso. La fase del engorde de su carrera estaba terminando, ahora venía el capítulo donde iban a devolverlo a tierra sin paracaídas, y después iba a tener que pelear en pésimas condiciones y en cualquier peso para pagarle las deudas a Rafito y a los acreedores. Yo conocía casos así, boxeadores convertidos en despojos humanos, pobres diablos que deambulaban de gimnasio en gimnasio y de ring en ring, aguantando coñazos para ganarse unos centavos sin esperanzas de subir a ninguna clasificación, unos pobres pendejos que existen sólo para engrosarle la lista de victorias a los demás. Le puse como ejemplos las víctimas que le habían puesto enfrente a él mismo. ¿Quiénes eran y a dónde podían llegar unos pobres diablos como Céspedes, Rojas, Orozco, Bolívar, Briñoles?

–¿Y Rosso? ¿Qué tiene ese Rosso de especial? Bueno, no mucho. Pero me parece muy sospechoso que a él lo hayan llevado al exterior y de pronto lo hayan traído para pelear aquí. Yo pienso que quieren traerlo para demostrarle al público que es indestructible, el primer peleador sólido de verdad de la cuadra de Cardona. Yo te quiero dar un solo consejo. Si la pelea llega al quinto round y no has podido noquearlo, tírate a la lona. El boxeo es demasiado mierda para que te sacrifiques por él, y mucho menos por Rafito. Tú eres para él una mercancía más de su negocio.

En ese punto iba el largo sermón cuando llegamos al Poliedrito. Afuera estaba el entrenador Vergara, esperándonos. Volteé un momento antes de bajar del autobús para verle la cara a Santiago; tenía los ojos brillantes, estaba un poco sudado. Pensé en las mil vainas que pasaban por su mente, en su deterioro físico y moral. Entonces le solté el consejo definitivo.
–No les des el gusto. Abandona esa pelea antes de que termine. Retírate de toda esta porquería.

Santiago siguió caminando con la cabeza baja. Antes de llegar a donde estaba Jacinto Vergara, reaccionó.

–¿Sabes una vaina?

Me quedé callado para que lo dijera. Estaba loco por escuchar su sentencia final.
–¿Sabes una vaina? Rafito es muy vivo, ese coñísimo de su madre. Pero yo puedo ganarle a ese pendejo que me traen para hoy. Apuéstalo, para que te metas un billete. A Rosso lo parto por la mitad, lo revuelco, me lo cojo, me lo meo.


Rosso salió a girar y a moverse por todo el ring, tal como se suponía que iba a hacerlo. Era un estilista, un efectivo estilista capaz de desinflar a Santiago en varios rounds y dejarlo sin fuelle, antes de iniciar su ataque y comérselo vivo. El Poliedrito estaba lleno, la propaganda de Rafito al enfrentar a sus dos peleadores invictos había funcionado. El Trueno del Litoral contra el excelente esgrimista José Rosso; uno de los dos tenía que conocer por primera vez la derrota esa noche, la del 15 de junio de 1981. Santiago embistió dos, tres veces, y Rosso lo evitó con sus largos brazos y sus rápidos desplazamientos. Nueva derecha de Santiago, nuevo movimiento de Rosso hacia la derecha. Además de buena estatura, el flaco Rosso tenía un estilo bastante depurado. Dos veces logró Santiago ubicarse cerca de él, dos veces optó Rosso por neutralizar su acción amarrándole los brazos. Santiago intentó castigarlo con la izquierda en la zona del hígado, y Rosso bajó el codo para bloquear ese golpe. Pero no se conformó con eso.

Súbitamente, ante la gritería de la multitud, atacó con una seguidilla impresionante de izquierdas y derechas. Yo alcancé a contar seis golpes, y al menos tres llegaron al cuerpo y la cabeza de Santiago..

Vergara le pidió, al llegar a la esquina, que no se dejara impresionar. Le dijo que todo era cuestión de acercarse y golpearlo en los costados, en la zona media.

Como si se tratara de una pelea callejera y no de un combate profesional, Santiago corrió a buscar a su rival y lo bloqueó con el brazo izquierdo mientras le metía unas derechas abajo. El réferi los separó y le llamó la atención al Trueno del Litoral; si volvía a hacer una cosa como aquella iba a quitarle puntos. El combate se reanudó, Santiago se notaba desconcertado y todavía faltaban siglos para llegar a la mitad del combate. Rosso siguió adelante con su estrategia: mantenerse a distancia ayudado por su jab y por su constante girar alrededor de Santiago. Nuestro hermano lanzaba un golpe de vez en cuando y se replegaba, seguramente le causó respeto la seguidilla de golpes del round anterior.

En el cuarto asalto, Rosso volvió a tener un momento de inspiración, y atacó. Santiago recibió una derecha y pudo asimilarla. La asimiló tan bien que, apenas Rosso emprendía la retirada, dio dos pasos al frente y ripostó con una izquierda loca y desordenada, uno de esos golpes sin forma que tanto comenzaban a gustarle al público: una izquierda que impactó en la frente de Rosso con un sonido de botellas despedazadas y lo arrojó contra las cuerdas. Quizá fue el rugido de los fanáticos, quizá fue su poca experiencia, pero lo cierto es que Santiago tuvo un momento de duda y no alcanzó a rematar a un Rosso congelado por la sorpresa. Cuando los dos comenzaban a reaccionar sonó la campana.

Recomendación de Vergara: "Está bien que ensayes el contragolpe, pero tienes que tratar de acercarte, meterle duro por las costillas, abajo en el estómago. Esa bailadera no te conviene".

En los asaltos siguientes Santiago se mantuvo al ataque, un poco ciego y desesperado. Rosso no tuvo problemas para torearlo como a cualquier novillo. Santiago intentaba encontrarlo y lo hacía de verdad, con honestidad, pero Rosso no tenía ningún interés en enfrascarse en un toma y dame contra un sujeto con una pegada bestial como la de Santiago. En uno de esos ataques sin brújula, el hermanito consiguió conectarlo abajo, en el costado derecho. Rosso dobló el tronco pero esta vez no se dejó aplastar por la sorpresa, fabricó un látigo con la izquierda y castigó tres veces con el jab a Santiago, sacándolo de balance. Una parte del público abucheó a Rosso, como es lógico; a la gente sólo le gustan los intercambios de golpes, la acción y la sangre, y este muchacho se limitaba a hacer su trabajo: pegar y evitar que le pegaran.

Por primera vez en su vida Santiago llegó al quinto round y más allá. También por primera vez en su vida, al menos desde que se hizo profesional, estaba recibiendo castigo. Y lo mejor era que Rosso se veía entero, fuerte y veloz. Me felicité por mis dotes de profeta. ¿No le había descrito a Santiago ese combate y esa estrategia, casi golpe por golpe? Mientras Vergara le rogaba que buscara el combate adentro, pasara lo que pasara, creí ver que Santiago me miraba con actitud interrogadora, casi de reproche. Sólo por no dejar, le dije que el otro también estaba cansado, que lo buscara hasta que cayera. Es posible que se me haya notado en el rostro la falsedad y también la alegría. Pero ya poco importaba, el daño estaba hecho, pensé. Hasta que llegó el séptimo round.

Una derecha en recto de Rosso, durísima, pasó rozando la cabeza de Santiago. Esa fue su última acción en el combate, porque, herido como estaba, movido por la misma frustración y el mismo pánico que lo habían llevado pocos días atrás a echarse a correr desnudo desde Macuto hasta La Guaira, Santiago tomó impulso y le encajó un derechazo con un estruendo que reverberó en todo el gimnasio en forma de gritos enloquecidos. José Rosso acababa de caer de espaldas en el centro del ring, convulsionando, mostrando lo blanco de los ojos, porque el carajazo de Santiago Leiva, El Trueno del Litoral, le había incrustado el protector bucal en la garganta. El médico y los asistentes subieron de emergencia al ring para sacárselo; la muerte por asfixia asomaba el hocico desde una esquina.

Cuando pudieron extraerle el protector a Rosso, lo voltearon boca abajo sobre la lona para que expulsara lo que tenía que expulsar; juro ante ti, Carlos Leiva, ante quien no tengo nada que jurar, que esas piezas blancas que salieron de la boca de Rosso, mezcladas con los colgajos de sangre, la saliva y el protector, eran tres, cuatro, cinco dientes, con sus respectivos trozos de encía viva adheridos.

"Para qué estremecerse, para qué morir de envidia, por qué negarse a celebrar", me dijo la voz oscura. "Si eso es lo que nos tiene reservado este juego, hagamos fuerza para que la carrera de Santiago Leiva siga en ascenso. Que suba, que se eleve hasta el éter; que ascienda hasta el infierno, mucho más de lo que él mismo ha soñado. Que suba lo suficiente para hacer que se vea microscópico. ¿Acaso no es más fuerte el carajazo al caer cuanto más alto se llega?".


CONTINUA; CAPITULO 6-12

CAPITULO ANTERIOR 4-12

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece un excelente relato, buena descripción, de primera mano, de momentos reflejados con exactitud.

Anónimo dijo...

Me parece un hdp el hermano

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