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12 de diciembre de 2016

EL MUNDO CONDENO LOS CRIMENES DE HITLER - JUDIOS, PERO CONOCERA LOS CRIMENES DE JAPON CONTRA CHINA ( Nankín 1937)


La disputa sobre las deshabitadas islas Senkaku ha vuelto a despertar la hostilidad y el resentimiento atávico chino hacia Japón, que se remonta a más de un siglo.

En 1894, los japoneses tomaron y colonizaron la península de Corea hundiendo la flota naval china, y el régimen tuvo que firmar una humillante rendición y una paz que le costó parte de Manchuria y las islas Pescadore, frente al Taiwan moderno.

El 18 de septiembre de 1931, es una fecha que vive en la infamia en China: ese día, los japoneses realizaron lo que hoy llamamos una operación de Falsa Bandera: fingieron un ataque a su propio ferrocarril en su sector de Manchuria, culparon a los chinos, y utilizaron el incidente como pretexto para invadir toda esa región, a la cual re-bautizaron Manchukuo instalando un gobierno títere regido por el último emperador chino, Henry Pu Yi.

Una década después, extendieron su imperio con una crueldad que conmocionó al mundo.
En 1932, después de que una turba de chinos atacara a cinco monjes japoneses en la ciudad de Shanghai, la fuerza aérea japonesa tomó represalias bombardeando toda la ciudad, y matando a miles de civiles.
En 1937, los oficiales del ejército japonés fabricaron un nuevo falso incidente en el antiguo puente de Marco Polo fuera de la ciudad norteña china de Tientsin, en la que los japoneses tenían una guarnición bajo los términos de un tratado.

Afirmaron que sus tropas habían sido atacados por soldados chinos, y con esa excusa lanzaron una invasión a gran escala de China.
Lo que ocurrió después de eso nunca se ha olvidado ni perdonado, menos aún teniendo en cuenta que los japoneses contemporáneos son reacios a admitir sus crímenes de guerra del pasado.

Después de saquear y asesinar a través de Shanghai, se embarcaron en una campaña que mostró al mundo la naturaleza del militarismo japonés: marcharon hacia la capital de la China Nacionalista, Nankín, matando y quemando todo a su paso invocando “el espíritu del “Bushido” , o “Código del Guerrero”. Su ruta los llevó por Suchow, una de las ciudades más antiguas de China, famosa por sus bordados de seda, palacios y templos que figuran al lado del lago Tai Hu.

El 19 de noviembre, bajo una intensa lluvia, las tropas japonesas invadieron Suchow, “la Venecia de China”, y pasaron días saqueando la ciudad, capturando y violando miles de mujeres y haciendo huír a la mayor parte del resto de la población.

El Príncipe Asaka Yashuhiko, tío del emperador japonés Hirohito, tomó personalmente el mando del ejército de 50.000 efectivos para irrumpir en Nanking, luego de tenerla sitiada hasta lograr su rendición, matando sistemáticamente miles de prisioneros chinos, despreciándolos por aceptar la rendición para no morir de hambre. Un soldado japonés llamado Azuma escribió esta cronología:

“Cuando entramos, todo ese rebaño de ovejas ignorantes y gimientes se arrastraban por el suelo como hormigas.

Me sentí muy tonto al pensar que habíamos estado luchando a muerte contra estos esclavos ignorantes, algunos eran niños de 12 años de edad. ”

En la noche del 17 de diciembre de 1939, los japoneses llevaron a miles de presos con las manos atadas a orillas del río Yangtze y allí, de pronto, ametralladoras japoneses abrieron fuego, y en cuestión de minutos, en medio de gritos frenéticos de entusiasmo de los asesinos, y del terror y la agonía de sus víctimas, cientos de chinos fueron asesinados o abandonados morinbundos junto al río.

Los japoneses llevaron a cabo sus matanzas con refinamientos de crueldad que horrorizaron al mundo, que pronto supo de ellas.

En Nanking, después de haber matado a los prisioneros de guerra, se volvieron contra la población civil, y los cadáveres fueron dejados a montones fuera de las murallas de la ciudad, tiñendo el río de rojo con sangre.

Los soldados no sólo mataron con sus bayonetas a miles de civiles, sinó que enviaron orgullosos fotografías con sus víctimas.

Imai Mastake, corresponsal japonés, escribió: “En los muelles Hsiakwan, se dibujaba la oscura silueta de una montaña de cadáveres, mientras una centena de persona continuaba trabajando arrastrando cuerpos ensangrentados, algunos todavía vivos y gemiendo débilmente, con sus extremidades temblando.

Otro corresponsal, Yukio Omata, relató: “Los que están en la primera fila fueron decapitados, y los de la segunda fila se vieron obligados a deshacerse de los cuerpos cercenados en el río antes de que ellos mismos fueron decapitados. La matanza continuó sin parar, desde la mañana hasta la noche. ”

Occidente sabe y recuerda todo acerca de las atrocidades japonesas hacia sus propios soldados y civiles en la Segunda Guerra Mundial, pero a veces olvida que 15 millones de chinos murieron durante las campañas de Japón en su país entre 1937 y 1945.

De hecho, algunos historiadores chinos reclaman que el total se elevó a 50 millones.

Más allá de cuál haya sido la cifra real, los japoneses se comportaron de manera indecible hacia el pueblo chino, y nunca han mostrado arrepentimiento por ello.

Mientras que los alemanes modernos son muy conscientes de los crímenes de Hitler, los japoneses modernos permanecen ajenos a los crímenes de sus propios antepasados.

Algunos de sus defensores afirman que Japón ha pedido perdón por su papel en la Segunda Guerra Mundial, pero más allá de formales declamaciones políticas, un silencio ensordecedor persiste en las escuelas y universidades sobre el tema, y ​​existen tendenciosas lagunas en sus libros de texto, mientras a cada japonés se le enseña religiosamente que su país fue víctima de las primeras bombas atómicas.

En fecha tan reciente como 2008, el comandante de la fuerza aérea japonesa, general Toshio Tamogami, publicó un ensayo que sugiere que Japón no había hecho nada de lo que avergonzarse durante la guerra, quejándose amargamente: “Incluso ahora, hay muchas personas que piensan que la agresión de nuestro país es causa de sufrimiento para los países de Asia, y no es asì: sin duda, es una acusación falsa que nuestro país era una nación agresora, Japón tenía derecho por un tratado vigente de actuar como lo hizo en China, mientras que Corea, durante su medio siglo como colonia japonesa, fue “próspera y segura “.

Tamogami además rechazó los veredictos de los tribunales aliados para con los criminales convictos de guerra del Japón en 1945 catalogándolos como “tratamiento bárbaro de las tropas enemigas”.

No deja de ser sorprendente que uno de los comandantes más antiguos de Japón haga afirmaciones de este tipo en pleno siglo 21, pero sin embargo Tamogami no hizo más que escribir lo que muchos nacionalistas japoneses creen, incluídos algunos historiadores académicos.

No sólo el gobierno chino, sino también la gente común, se enfurecen cuando tales cosas se dicen en Japón, y cuando los tribunales japoneses rechazan las demandas de la antigua china por esclavitud sexual y trabajos forzados.

LA ESCALOFRIANTE UNIDAD 731

Pocos japoneses reconocen la magnitud de las atrocidades cometidas mediante el uso de armas biológicas en la escalofriante Unidad 731, y por las cuales nadie fue castigado nunca.

Bajo su égida, miles de hombres, mujeres y niños – incluidos prisioneros extranjeros – murieron en terribles experimentos diseñados para probar los límites del cuerpo humano.

Los experimentos de inenarrable crueldad cometidos allí superan fácilmente los que los nazis realizaran con los judíos durante la II Guerra Mundial, e incluso y su máximo responsable, el siniestro y oscuro Shiro Ishi ( ver foto, arriba ), comparado con Josef Mengele, “El Ángel de la Muerte” nazi, hace aparecer a éste como un torpe principiante.

Sin embargo, mientras Mengele fue condenado por sus atrocidades y buscado por todo el mundo para ser castigado, Shiro Ishi terminó tranquilamente su vida en la comodidad de su hogar, como un honorable y respetado ciudadano japonés.

Ishi, un hombre belicoso, arrogante y bebedor, doctorado en Microbiología e interesado en el uso bélico de gérmenes, se hizo muy popular en el ejército al inventar un filtro para purificar el agua que fue muy apreciado por los militares, lo que le significó ser nombrado Profesor de Inmunología en la Facultad de Medicina del Ejército en Tokio, donde instauró oficialmente su investigación biológica con fines militares.

La invasión de Manchuria en 1931, significó para Ishi una oportunidad única de poder experimentar sus armas biológicas, y pidió expresamente al Alto Mando del Ejército ser enviado a “Machukuo” para utilizar todos esos “infrahombres destinados a morir de todos modos”, utilizando sus “vidas indignas” para que pudieran proporcionarle conocimientos médicos que ayudarían a desarrollar armas químicas.

El primer emplazamiento en el cual comenzaron los terribles experimentos de Ishi fue en la ciudad de Baiynhe, donde las fuerzas de ocupación establecieron un perímetro de seguridad de medio kilómetro y utilizando a los habitantes de la zona como esclavos, construyeron cientos de edificios rodeados por un muro de protección y un castillo en el centro del complejo para ser utilizado como prisión y laboratorio, que se hizo tristemente célebre como el “Castillo Zhong Ma”, el cual fue abandonado varios años después cuando una fuga de prisioneros lo tornó poco seguro, para establecerse en un nuevo y enorme complejo levantado en una zona conocida como Ping Fan, que oficialmente se conocería como el “Departamento de Suministro de Agua y Prevenciòn de Epidemias”, ó Unidad 731, y extraoficialmente, como “la fábrica de la muerte”.

En Ping Fan, se ampliaron y perfeccionaron los sistemáticos, denigrantes y macabros experimentos cometidos por humanos contra otros seres de su misma especie, que ya se habían iniciado en Bayinhe, con una crueldad y alevosía indescriptible, siempre bajo la supervisión de Shiro Ishi, secundado por un grupo de colaboradores que no le iban en saga en crueldad.


En algunos de los terribles experimentos, se sometía a los prisioneros a gases tóxicos como el gas mostaza, se los inoculaba con sustancias venenosas como el cianuro potásico o elfosgeno, o con gérmenes cultivados en laboratorio para analizar sus síntomas “en vivo”, su capacidad letal, su dósis mínima infectante, la efectividad de las vacunas que allí se desarrollaban, y los mejores medios para transmitirlos entre la población civil, para lo cual en lugar de inyectar sus cuerpos, se los hacía comer chocolates o galletas, o beber cerveza, agua,leche, café, té y licores contaminados con bacilos de la peste, ántrax, muermo, viruela, hepatitis infecciosa, meningitis epidémica, gangrena gaseosa, tétanos, cólera, fiebre amarilla, tifus, difteria, sífilis, tuberculosis o salmonelosis entre otros, aunque ha resultado imposible catalogar totalmente la terrible cantidad de gérmenes utilizados.

Generalmente eran diseccionados cuando todavía respiraban y sin ningún tipo de anestesia, para comprobar los efectos de la infección en los diferentes órganos antes del cese de las funciones vitales y eran en su mayoría hombres, mujeres y niños chinos, pero también había mongoles, soviéticos y coreanos, que eran detenidos por el Kempeitai, la policía secreta japonesa ( similar a la Gestapo alemana ) y enviados en trenes o camiones negros ( conocidos como “los Voronki”(cuervos) ) a las manos de Ishi y sus secuaces.

También se ensayaron diferentes métodos para utilizar las armas biológicas a gran escala, como el uso de aerosoles para diseminarlas, la liberación de ratas infectadas o el lanzamiento desde aviones volando a baja altura de bombas de cerámica llenas de ratas, piojos y pulgas portadores de gérmenes.

Para comprobar la efectividad de estos artilugios se empleaban prisioneros atados a postes, colocados en un campo de pruebas.

Otro experimento que interesaba a los japoneses era encontrar la mejor manera de descongelar los miembros de un soldado, y para ello desarrollaron estudios dirigidos por el doctor Hisato Yoshimura, quien utilizó prisioneros que eran dejados en el exterior a temperaturas extremas bajo cero con un guardia mojándoles regularmente los brazos y las manos, y además niños de corta edad, incluso recién nacidos, que eran colocados en un refrigerador que podía alcanzar hasta los 70º bajo cero.

Los cirujanos se entrenaban amputando y reinsertando miembros, o experimentando por mera curiosidad, como colocar a los cobayos humanos boca abajo y dejarlos morir de hambre y sed sólo para constatar cuánto tiempo tardaban en hacerlo, colocándoles inyecciones intravenosas de aire, realizándoles transfusiones de sangre de animales, vivisecciones para investigar el funcionamiento de los órganos internos en vivo, extracciones de grandes cantidades de sangre cada tres o cuatro días, o instilaciones de orina de caballo en los riñones.

Quienes aún seguían vivos eran sacrificados y sus cadáveres incinerados.

Sin embargo, estos atroces crímenes de lesa humanidad no fueron la peor ignominia, sinó la absoluta impunidad que sus mentores lograron negociar al finalizar la guerra, ofreciendo al alto mando del Ejército Norteamericano la entrega de los resultados de todas sus investigaciones, lo cual significaba transferir a los EE.UU. el liderazgo mundial en materia de guerra bactereológica, a cambio de una garantía de inmunidad total, la cual fue concedida expresamente por el general Dougleas MacArthur, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas en el Pacífico, y ninguno de los integrantes de la Unidad 731 se sentó frente a un tribunal, al menos por parte de los norteamericanos.

Los soviéticos en cambio , sí enviaron a prisión a 12 de sus miembros, después de juzgarlos en Khabarovsk, Siberia, y fue en gran parte merced a estos testimonios que pudieron conocerse los infames archivos de Ping Fan.

Hipócritamente, un portavoz del general MacArthur desautorizó y desmintió las declaraciones de los acusados, tildándolas de propaganda comunista, mientras afirmaba que ellos, después de una exhaustiva investigación, no habían encontrado ninguna prueba de la existencia de ningún programa de armas biológicas.

Ishi vivió tranquilamente en Tokio hasta morir de cáncer de garganta en 1959, y muchos de sus colaboradores alcanzaron destacados puestos en la comunidad científica de su país, siendo nombrados decanos de facultades de medicina, gobernadores o presidentes de asociaciones médicas.

De hecho, todos los presidentes menos uno y una gran parte del personal del Instituto Nacional de Salud japonés, fundado en 1947 por iniciativa de los EE.UU., participaron en el programa de armas biológicas.

El experto en congelación Hisato Yoshimura fue decano de la Facultad de Medicina en Kioto, consejero de la Expedición Antártica Japonesa, presidente del Colegio de Médicos de Kioto, primer presidente de la Sociedad Meteorológica Japonesa y galardonado en 1978 por el Ministro de Educación con la Orden del Sol Naciente en reconocimiento a su carrera profesional.

El hombre de confianza de Ishi, Ryoichi Naito, fue fundador de la poderosa compañía farmacéutica Midori Fuji.

El primo del emperador, Tsuneyoshi Takeda, que había visitado la Unidad 731 varias veces y sabía perfectamente lo que allí ocurría, fue presidente del Comité Olímpico japonés.

Como era de esperar, todos estos atroces antecedentes generaron una verdadera repulsa popular china hacia Japón, que ahora sale nuevamente a a la luz por la disputa de las islas Senkaku.

Cualesquiera que sean los motivos de China, su comportamiento muestra una creciente voluntad de intimidar y amedrentar a sus vecinos, y nadie está seguro de hasta qué punto Pekín presionará por sus derechos en el Mar del Este de China, pero su manejo histórico de las relaciones internacionales ha sido a menudo torpe y brutal, y ha ido a la guerra en el pasado para hacer valer sus pretensiones territoriales, y si bien el tamaño e importancia de los territorios reclamados es ínfimo, el resentimiento contra Japón es gigantesco.

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