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4 de abril de 2017

FRANCISCO DE MIRANDA FRENTE A NAPOLEON BONAPARTE


Napoleón Bonaparte calificó a Francisco de Miranda como Quijote de la Libertad.

¿Cuándo fue que Napoleón pudo sondear el alma ardiente y republicana de Miranda para colocarlo a la altura que el historiador Macauly (se refiere a Thomas Babbington Macaulay, 1800-1859, historiador británico, I Barón Macaulay) ha puesto a San Ignacio de Loyola?

Napoleón y Miranda no llegaron a conocerse sino después del 9 thermidor, cuando desaparecieron los días del terror, y la revolución francesa dejó la vía dolorosa para continuar con sus triunfos y conquistas; y aunque Napoleón tenía 15 años menos que Miranda, podemos considerarlos como contemporáneos. Miranda vivía entonces en la calle de Monte Blanco, en el hotel Mirabeau, donde se holgaba a sus anchas y con todas las comodidades de un soberano. No amaba Miranda el lujo exterior, siempre chocante, que tiene su séquito de aduladores y también en envidiosos y malquerientes, sino el lujo interior donde el hombre es más libre y menos codiciado. En sus salas, lujosamente amuebladas, sobresalían muchos objetos de arte, regalos unos de potentados y hombres célebres de la época, y otros de cuanto Miranda había podido adquirir en sus variados viajes por Europa. Contemplado por lo más notable de la sociedad de París, no había sala, tertulia o círculo donde la simpática figura del ilustre y célebre girondino no representara importante papel. Bonaparte, (lugarteniente de Barras) no gozaba entonces de nombre, y sólo se le conocía por la defensa de Tolón. En cierta noche, ambos militares tropezaron por primera vez, en la calzada de Antin, en la casa de una célebre cortesana, Julia Segur, mujer del conocido trágico Talma, condiscípulo y amigo de Bonaparte. Al saber éste que Miranda era el célebre general americano de quien había oído hablar, se hizo presentar a él y comenzaron a departir amigablemente acerca de multitud de temas de interés que entusiasmaron a Miranda, pero sin pasar nunca los límites de la etiqueta. Prolongada la tertulia después de la comida, ambos concluyeron por ofrecerse sus relaciones al despedirse de los esposos Talma.

En aquellos días, Miranda estaba lleno de desencantos. "Le parecían unos traidores todos aquellos que por cálculo o por temor, habían abandonado las banderas de Francia, causa ésta que lo hizo afiliarse en el círculo de los patriotas más definidos; mas entre éstos, nuevas decepciones preocupaban su espíritu. Pero cuál fue la sorpresa del ilustre gorondino, cuando tropieza, después del 9 thermidor, con hombres tenidos hasta entonces por probos, que abandonaban sus opiniones por temor a una muerte trágica que los hubiera hecho dignos de las antiguas épocas! Juzgando al vencedor en Tolón partidario, como lo era él mismo, de medidas enérgicas, únicas que podían salvar la Convención, y habiéndole visto por segunda vez y escuchado sus frases de odio contra Inglaterra, Miranda le invita a una comida en su vivienda del hotel Mirabeau. "El día en que Bonaparte, refiere Miranda, vino a comer conmigo, noté que se había impresionado al ver el lujo de mis salas. Para esta comida había reunido algunos de los caracteres más enérgicos, entre los restos de la Montaña, los cuales nos expresamos como hombres de convicciones y de idénticos pareceres. Con sorpresa observé que Bonaparte receloso, pensativo, movía la cabeza y pronunciaba monosílabos contra las opiniones que todos habíamos emitido acerca de la necesidad de desplegar cierta energía suprema".

Era que para Napoleón estos heraldos de la libertad no eran sino idealistas soñadores que solicitaban resultados en armonía con la severidad de su doctrina: solicitaban libertad en el Gobierno, en el pueblo, mientras que él acariciaba, no como deidad, sino como medio que debía poner en juego para alcanzar la corona de los Césares. En hombres del temple de Napoleón, el movimiento de cabeza y los monosílabos, como única contestación al raciocinio, revelan en la mayoría de los casos, grandes planes en gestación para madurar, más de táctica, de disimulo y de previsión, que de los arranques de pasión y de la elocuencia, virtudes de los espíritus esclarecidos que buscan la felicidad de los pueblos.

Poco después de la comida, Bonaparte se despidió, y más tarde supo Miranda que de él había dicho: Miranda no es un republicano sino un demagogo.
Cuando Napoleón con el transcurso del tiempo llegó a definirse, no como protector de la libertad de un gran pueblo, sino como conquistador de Europa, no pudiendo ya contar con Miranda como uno de los conductores de su carro triunfal, emitió los siguientes conceptos acerca del girondino: "Este criollo ardoroso e inquebrantable es un Don Quijote que corre tras la quimera de la libertad universal, y en cuya alma arde inextinguiblemente un fuego sagrado". Al copiar estas frases un distinguido escritor chileno (se refiere a Manuel Luis Amunátegui, 1828-1888), agrega: "Aquel proscrito formidable personificaba en sí la Revolución hispanoamericana".

Y cuando veinte y cinco años después de la muerte del mártir en la Carracas, un célebre historiador francés, Michelet (Jules Michelet 1798-1874), se encarga de defender a Miranda de los falsos cargos que le habían hecho Jomine y sus continuadores, ignorantes de la rica documentación en honra de Miranda, la cual nunca conocieron, apellida a éste el noble Don Quijote de la libertad.

He aquí este noble Quijote de la libertad, tan consecuente consigo mismo, tan recto en sus procedimientos. Cuando, después de la muerte de Robespierre, el Gobierno francés le ofrece el mando del ejército, Miranda contesta con arrogancia: "He combatido de todo corazón por la causa de la libertad; pero me repugna ir pelear para hacer conquistas". ... ...

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