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27 de agosto de 2009

Autopsia y Entierro de Bolívar


Pasado el estupor y el dolor por la muerte de Bolívar, el doctor Próspero Reverend dispuso practicar la necesaria autopsia para investigar las causas de su deceso, y minuciosamente dejó para la historia una relación de esta actividad: "El 17 de diciembre de 1830, a la una de la tarde, en presencia de los señores generales beneméritos Mariano Montilla y José Laurencio Silva, habiéndole hecho la inspección del cadáver en una de las salas de la habitación de San Pedro, en donde falleció su excelencia el general Bolívar, ofreció los caracteres siguientes: 

1. Habitual (estado) del cuerpo:

Cadáver a los dos tercios de marasmo (relajamiento de los músculos), descolorimiento universal, tumefacción en la región del sacro (parte del extremo inferior de la columna vertebral), músculos muy poco descoloridos, consistencia natural. 

2. Cabeza:

Los vasos de la aracnoides (membrana media de las tres que envuelven el cerebro) en su mitad posterior ligeramente inyectados, las desigualdades y circunvoluciones del cerebro recubiertas por una materia pardusca, de consistencia y transparencia gelatinosa, un poco de serosidad semirroja bajo la duramáter (membrana exterior del cerebro y de la médula espinal): el resto del cerebro y del cerebelo no ofrecieron en su sustancia ningún signo patológico. 

3. Pecho:

De los dos lados superior y posterior estaban adheridas las pleuras costales por producciones semimembranosas: endurecimiento de los dos tercios superiores de cada pulmón; el derecho, casi desorganizado, presentó un manantial abierto de color de las heces del vino, jaspeado de algunos tubérculos de diferentes tamaños, no muy blandos; el izquierdo, aunque menos desorganizado, ofreció la misma afección tuberculosa, y dividiendo con el escalpelo se descubrió una concreción calcárea irregularmente angulosa del tamaño de una pequeña avellana. (Este nódulo de calcificación lo conservó Reverend y lo donó a Venezuela en 1874). Abierto el resto de los pulmones con el instrumento, derramó un moco parduzco que por la presión se hizo espumoso. El corazón no ofreció nada de particular, aunque bañado en un líquido ligeramente verdoso, contenido en el pericardio (tejido membranoso que envuelve el corazón). 

4. Abdomen:

El estómago, dilatado por un licor amarillento de que estaban fuertemente impregnadas sus paredes, no presentó, sin embargo, ninguna lesión ni flogosis (inflamación). Los intestinos delgados estaban ligeramente meteorizados. La vejiga enteramente vacía y pegada bajo el pubis, no ofreció ningún carácter patológico. El hígado, de un volumen considerable, estaba un poco escoriado en su superficie convexa. La vejiga de la hiel muy extendida. Las glándulas mesentéricas (referente a un pliegue del peritoneo) obstruidas. El bazo y los riñones en buen estado. Las vísceras del abdomen en general no sufrían lesiones graves.


Conclusión de Reverend:

Según este examen, es fácil reconocer que la enfermedad de que ha muerto su excelencia el Libertador era en su principio un catarro pulmonar, que, habiendo sido descuidado, pasó el estado crónico y consecutivamente degeneró en tisis tuberculosa. Fue, pues, esta afección morbífica (que lleva el germen de la enfermedad) la que condujo al sepulcro al general Bolívar, pues, no deben considerarse sino como causas secundarias las diferentes complicaciones que sobrevivieron en los últimos días de su enfermedad, tales como la aracnoides y la neurosis de la digestión, cuyo signo principal era un hipo casi continuo. ¿Y quien no sabe, por otra parte, que casi siempre se encuentra alguna irritación extraña al pecho en la tisis, con degeneración del parenquina (tejido celular esponjoso) pulmonar? Si se atiende a la rapidez de la enfermedad en su marcha y a los signos patológicos observados sobre el órgano de la respiración, naturalmente es de creerse que causas particulares influyeron en los progresos de esta afección. No hay duda que agentes físicos ocasionaron primitivamente el catarro del pulmón, tanto más cuanto que la constitución individual favorecía el desarrollo de esta enfermedad, que la falta de cuidado hizo más grave. Que el viaje por mar, que emprendió el Libertador con el fin de mejorar su salud, le condujo, al contrario, a un estado de consunción (enflaquecimiento) deplorable. 

También contribuyó la ingratitud, Pero también debe confesarse que afecciones morales vivas y punzantes, como debían ser las que afligían continuamente el alma del general, contribuyeron poderosamente a imprimir en la enfermedad un carácter de rapidez en su desarrollo y de gravedad en las complicaciones, que hicieron infructuosos los socorros del arte. Debe observarse a favor de esta aserción que el Libertador, cuando el mal estaba en sus principios, se mostró muy indiferente a su estado y se denegó a admitir los cuidados de un médico. Su excelencia mismo lo ha confesado: era cabalmente en el tiempo en que sus enemigos le hartaban de disgustos y en que estaba más expuesto a los ultrajes de aquellos que sus beneficios habían hecho ingratos. Cuando su excelencia llegó a Santa Marta, bajo auspicios mucho más favorables, con la esperanza de un porvenir más dichoso para la patria, de quien veía brillantes defensores entre los que le rodeaban, la naturaleza conservadora retornó sus derechos; entonces pidió con ansia los socorros de la medicina. Pero ¡ah! ya no era tiempo. El sepulcro estaba abierto aguardando la ilustre víctima, y hubiera sido necesario hacer un milagro para impedirle descender a él". 

Embalsamamiento del cadáver:

Y continúa el doctor Reverend: "Acabada la autopsia del cadáver, que fue trasladado sobre la marcha, de la quinta de San Pedro a la casa que primero habitó el general Bolívar en Santa Marta, fue menester proceder a su embalsamamiento. Por desgracia estaba enfermo el único boticario que había en la ciudad. Muy escasas fueron si no faltaron, las preparaciones que se usan en semejante caso, hallándome solo para practicar esa operación. Se me hizo muy laboriosa la tarea, máxime cuando se me había limitado un corto tiempo y que este trabajo se hacía de noche. Así es que no concluyó sino cuando era ya de día". 


La camisa prestada:

"Yo iba a retirarme para descansar de tantas fatigas y desvelos, cuando el señor Manuel Ujueta, a la sazón jefe político, me hizo presente que nadie en la casa era capaz para vestir el cadáver, y a fuerza de empeños me comprometió a desempeñar esta última y triste función. Entre las diferentes piezas del vestido que trajeron se me presentó una camisa que yo iba a poner cuando advertí que estaba rota. No pude contener mi despecho, y tirando la camisa, exclamé: 'Bolívar, aun cadáver, no viste ropa rasgada. Si no hay otra, voy a mandar por una de las mías'. Entonces fue cuando me trajeron una camisa del general Laurencio Silva, que vivía en la misma casa". 

El hombre más grande de América fue enterrado en silencio a las cinco en punto de la tarde del 20 de diciembre de 1830, hace exactamente 171 años, fue enterrado al pie del altar mayor, en la nave derecha de la Catedral de Santa Marta, República de Colombia, el Libertador Simón Bolívar. El protocolo reservado a su alta investidura no pudo cumplirse por lo modesto de la guarnición de Santa Marta, acompañan el féretro muy pocos oficiales, los fieles de siempre, y pocas personalidades civiles. El silencio acompañó el desfile hasta la Catedral, por las angostas calles flanqueadas de pueblo, ya que no había banda marcial, y los pocos músicos de la Banda del Batallón Pichincha lo esperaban en la Catedral para ofrendarle su devoción interpretando la obra compuesta por Francisco de Sieyes especialmente para la ocasión. El silencio del desfile apenas se rompía con el piafar de los caballos y el ruido que causaba el roce de las espadas. Las campanadas de la Iglesia advertían que se acercaba a su tumba, al sepulcro al cual bajó pidiéndonos unidad y paz, el general en jefe Simón Bolívar, Libertador y creador de seis nacionalidades libres. 

¿Quién era Próspero Reverend? ¿Qué universidad lo doctoró? ¿Qué edad tenía para esa fecha?:

La conografía oficial nos presenta a Reverend como un anciano de aspecto sabio, de poblada y larga barba blanca, vestido de levita y chistera. Pero la realidad es que Reverend era un joven de treinta y cuatro años cuando conoció al Libertador, había nacido en Failaise, una aldea de Calvados, en Normandía, el 14 de noviembre de 1796. A los dieciséis años, en 1814, se enroló como húsar en el ejército de Napoleón y participó en la batalla de Loira y tras su fracaso trabajó como tipógrafo. En 1820 llega a París, y allí se pierde su rastro. En ninguna universidad europea, ni francesa en particular, existe constancia ni siquiera de su inscripción en algún curso de medicina. Tampoco existe evidencia oficial de su relación con las escuelas de Salud creadas por la revolución francesa para paliar la crisis hospitalaria de la época. Su contacto con la medicina debió ocurrir durante su estadía en el ejército napoleónico, quizá como ayudante del médico de campaña, curando heridos, pero de esto tampoco existe evidencia. Lo cierto es que poseía conocimientos de medicina cuando llega a Santa Marta el 24 de julio de 1824. A los pocos meses solicitó el puesto de médico de la ciudad, cargo que se le otorgó con la exigencia de su previo ingreso a la Facultad de Medicina Nacional, lo que hizo en 1825, al presentar exámenes en la Universidad de Cartagena ante un jurado compuesto por los doctores Dionisio Araujo, Juan Manuel Vega e Ignacio Carreño. El general Mariano Montilla lo utilizó provisionalmente, en 1830, como cirujano mayor del Ejército en ocasión de la revuelta de Río Hacha, pero el despacho correspondiente se extravió, por lo que ni el Gobierno venezolano ni el colombiano, a pesar de sus muchas diligencias hechas en 1846, le reconoció este título.

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